Yucatán

La comedia, si quiere serlo, debe hacerse muy en serio. Cuando se sobrepasan los límites y se toma a broma el humor, cualquier comedia pierde su gracia. Si La vida de Brian es magistral es porque se hizo muy en serio. Por otro lado, las películas de timos necesitan de mesura, de control, por mor de la verosimilitud. Si no, se convierten en desmadrados dislates. Yucatán, que iba para gran estreno español de la temporada, ignora estos dos preceptos con insensata audacia y desastrosos resultados.

En principio, Yucatán lo tenía todo para ser un gran filme. Con Daniel Monzón como director –Celda 211 y El Niño– y guionista –en colaboración con el talentoso Jorge Guerricaechevarría–, con Luis Tosar de protagonista y un alto presupuesto, parecía que nos iba a ofrecer esplendoroso espectáculo.

Pero apenas supera a un episodio medio de Vacaciones en el mar. Un improbable trío de timadores, en crucero por el Atlántico, quieren hacerse con el multimillonario premio de un panadero, viudo y embarcado con una insoportable familia de chiste malo. A pesar de unos cuantos números musicales al principio que alivian el bochorno, el filme se estructura a partir de una serie de secuencias tan improbables como escasas en todos los sentidos.

Sobre todo porque el humor que se presenta, desde su concepción, es más grueso que grosero, más excesivo que básico, más disparatado que absurdo. Y la comedia por exceso, si uno no es John Belushi, está condenada al fracaso. El filme no tiene ninguna gracia. Más bien provoca vergüenza ajena en el espectador.

A lo que ayuda, sin duda alguna, esos timadores tan exagerados como sus víctimas. Lo único original, que también ayuda a que lo del timo no funcione, es que los estafadores caen mucho peor que su víctima. ¡Y ellos son los protagonistas! En cuanto a las tramas románticas, son más obvias y cutres que las viejecitas que bailaban mientras Elvis cantaba en sus afortunadamente olvidadas películas.

Por fin, Yucatán también olvida que los personajes deben tener un mínimo de mesura. Sí, es cierto que en la vida real abundan los gilipollas. Pero anegar un largometraje de necios porfiados y excesivos solo genera desazón, incluso indignación. Ver a Rodrigo de la Serna entregado a gestos histriónicos recuerda más a una clase de 2º de la ESO en primavera que a una comedia de altos vuelos.

Yucatán es un filme que desperdicia unos ingredientes ciertamente prometedores. En ese sentido, recuerda a aquel cine español de subvención sin espectadores. Con una industria más desarrollada, un productor habría frenado, de algún modo, la escasa visión de un Monzón que puede muchísimo más.

Pocas veces se ve una película tan limitada en todos los terrenos. Yucatán es recomendable, empero, según otro viejo aforismo del cine: se aprende más con las malas producciones que con las buenas.