Valores, opinión y educación

Tengo la suerte de tratar con muchos jóvenes preparados, inquietos, tolerantes. En los últimos meses he escuchado a varios afirmar que los seres humanos somos esencialmente bisexuales. Cuando se les pide que profundicen en tamaña aseveración, muestran extrañeza por mi incapacidad para ver lo “obvio”. Quizás fracaso, suspendo, en valores.

También he escuchado en dos o tres ocasiones que todos los varones somos potenciales violadores. Tal cual. Tantos años de porno, de patriarcado opresor… y hemos tornado en monstruos en potencia. Todos.

Y esto lo dicen personas cuya disposición y cuyos valores respeto, jóvenes en busca de la verdad, moderados en sus posiciones y dispuestos a conversar con alguien de opinión diferente. ¡Qué no dirán los extremistas que se consideran en posesión de la verdad!

Una de las grandes conquistas de los tiempos modernos es la libertad de opinión. Cada cual puede pensar aquello que estime conveniente. Bien.

Otra cosa es considerar que todas las opiniones valen lo mismo. Es inevitable que unas opiniones estén más fundadas que otras, que nazcan de alguien con mayor ascendencia, enjundia o prestigio que los demás. Todos somos iguales ante la ley, debemos serlo en oportunidades… pero no todos somos iguales… per se. Esa es la inagotable magia de la condición humana.

Pero el mundo que estamos construyendo considera idénticas en validez y alcance todas las opiniones, aunque muchas de ellas sean pura doxa, mera apariencia, a menudo simples y descomunales exabruptos que, incluso, niegan la opinión del otro, despojan al prójimo de su presunta inocencia, incluso de su propia naturaleza.

El desmadre.

Mientras tanto, la ministra de Educación, Isabel Celaá, anuncia que se volverá a implantar una asignatura obligatoria de valores éticos y cívicos. Así todos seremos “mejores”… pero, ¿en qué sentido? ¿Desde qué punto de vista? Porque todos sabemos quiénes eran los mejores para los nazis, los leninistas o los talibanes.

Una asignatura de una hora a la semana no sirve de nada. Aún menos cuando toca temas tan inaprehensibles como la ética.

Uno más de los muchos puntos en los que fracasa el sistema educativo –la sociedad en bloque– es en la conformación ética del ciudadano. Y no es cuestión de aliviar nuestra mala conciencia con una inútil y estéril asignatura. Porque los extremismos proliferan… siempre al acecho de la ignorancia.

Hay que construir un currículo exigente que ahonde en el aprendizaje humanístico en su sentido más amplio. Hay que aprender a distinguir la doxa de las opiniones fundadas. Y la sociedad debe plantearse si realmente las afirmaciones categóricas sirven para fundamentar una auténtica democracia o si solo consiguen establecer un sistema de valores tan rígido como excluyente.

Así, probablemente bisexual, violador en potencia, me aterra imaginar el futuro que nos aguarda… un futuro de valores dogmáticos y extremismos bienintencionados.

P.S.: De lo dicho por la Ministra, bienvenida sea la derogación de las inservibles reválidas y la conversión de Religión en asignatura no evaluable –¿se puede poner nota a los asuntos de conciencia?–.