De fútbol, sus héroes y dioses

El pasado martes el Real Madrid de baloncesto ganó la liga ACB tras imponerse al Baskonia en una de las finales más reñidas y apasionantes de los últimos años. Fue la culminación de un homenaje al baloncesto de ataque, al juego de equipo, a la defensa numantina… al buen hacer de unos magníficos profesionales. Pero, simplemente, no era fútbol.

El cuarto partido de la final de la Liga ACB tuvo la mala suerte de coincidir, por ejemplo, con el importantísimo partido del Mundial de Rusia entre Senegal y Polonia. Por eso, el miércoles, en los periódicos, el baloncesto apenas ocupaba espacio frente al muy amplio análisis sobre el fútbol que estos días nos tiene ocupados y distraídos.

Soy el primero que disfruto de las competiciones deportivas. Madridista, este año he celebrado los triunfos en baloncesto y la Champions de fútbol. Pero me sobrecoge ver cómo la gente se entrega en cuerpo y, sobre todo, alma a un deporte tan pelmazo como impredecible en su resultado final –solo la posibilidad de que una Irán pueda vencer a España es lo que le convierte en el deporte de masas por excelencia–.

Ciertamente, cada vez más personas se entregan al fútbol de una manera cuasirreligiosa… de un modo cada vez más intenso. El Atlético es un modo de vida, Messi es casi un dios que divide un país y varios continentes, Cristiano Ronaldo se asemeja a un Aquiles caprichoso y consentido, el Mundial es una suerte de destino de peregrinos y devotos…

Sin que nadie se plantee un mínimo juicio crítico sobre su propia entrega al “deporte rey”.

A mi entender, este fenómeno que afecta a todo el globo –en Estados Unidos el fútbol no termina de funcionar, pero el béisbol cumple con su función adormecedora– trasciende largamente el principio de “pan y circo”. Por supuesto, los gobiernos se aprovechan del “empanamiento” de las masas, pero estas superan con creces la simple afición deportiva.

Así, el fanatismo por este equipo, esa selección o aquel jugador crece imparable mientras la gente se va cultivando de manera escasa y siempre incompleta. Se siente más el escudo de un club que la bandera de un país, el himno de la selección que la propia nacionalidad. ¡Enorme y trágica contradicción que conforma unas democracias con ciudadanos ajenos a cualquier cuestión política o patriótica!

Ya advirtió Dante de que pronto llegarían héroes más poderosos que los homéricos. Ni siquiera él supo adivinar que también nacerían nuevos dioses con los mismos defectos que los griegos pero sin ninguno de sus poderes. Ronaldo, por ejemplo, supera en antipatía a Aquiles, en soberbia a Zeus, pero ni siquiera es capaz de meter todas las faltas que tira. Pero es un dios al que se adora y levantan estatuas aunque pertenezca, siempre, a un equipo de once jugadores, un banquillo y un cuerpo técnico.

Esta indómita manera de entender y seguir el fútbol muestra una sociedad muelle, inculta, necesitada de ídolos y divinidades en los que creer. Trágicamente, quizás estemos más cerca de Un mundo feliz de lo que nos gustaría pensar, y más lejos de Altamira de lo que cualquiera podría haber vaticinado.

P.S.: Ejemplo de la nada del fútbol: los comentaristas mexicanos, tras la victoria sobre Alemania y ante la euforia de la afición, gritaban “esta alegría durará para siempre”. Que baje Sócrates, lo vea y pida, entre escalofríos, un nuevo vaso de cicuta.