La remodelación de las salas de cine

Ya sea por motivos mercadotécnicos, mera necesidad o pura humanidad, cada vez más salas de cine se van reformando para atraer –de nuevo– a los espectadores. La remodelación es un hecho que se va generalizando, pues cada vez es menos habitual ver ninguna sala llena.

Por regla general, estas remodelaciones suelen consistir en instalar butacas más grandes, más cómodas, con mayor espacio entre ellas, para que el espectador pueda reclinar su asiento o, incluso, estirar las piernas. No solo eso: en muchos cines comienzan a colocar mesas para que bebida y palomitas estén confortablemente al alcance de la mano.

Es decir, al tiempo que la remodelación evita la sensación de soledad y orfandad del espectador, las salas intentan parecerse cada vez más al salón de una casa. Se busca el calor del hogar, la comodidad de una sesión privada, el convertir un espacio público en lo más cercano a lo privado. Pronto, espero, hasta nos ofrecerán pantuflas con las que descansar y calentar nuestros pies.

No obstante, como ya advertí en julio de 2006, la comodidad de las salas contrasta sobremanera con la escasez que se ofrece en las pantallas. En el último mes he dejado de ir dos findes al cine. Aunque me guste escribir una crítica cada semana, la oferta me ha llevado a quedarme en el salón de mi casa.

Porque si bien es cierto que hay estrenos que atraen a las masas, que se baten records de recaudación –como se mide en dinero y no espectadores, así cualquiera– es imposible no darse cuenta de que el nivel medio de las películas estrenadas es bastante bajo. Más aún, algunos géneros van desapareciendo ante el empuje de superhéroes, terror, aventuras vacuas y efectos en masa.

Mientras tanto, menudean los estrenos de series y pelis interesantes en las muchas plataformas televisivas que tenemos a nuestra disposición. Sin ir más lejos, hace una semana vi la nueva adaptación de Fahrenheit 451 que, sin ser gran cosa, tiene el aura de su procedencia: el maestro Ray Bradbury.

Sí, en las distintas plataformas se estrena una ingente cantidad de series y pelis de calidad, de cualquier género, los numerosos animes, documentales, etc. al tiempo que se nos permite acceder a los viejos clásicos del cine y la televisión. En el salón de casa sí que podemos ver cosas muy interesantes.

Así, no es que el talento creativo haya desaparecido en el mundillo audiovisual; simplemente, se ha traslado del cine a la tele.

Por eso, la pretensión de distribuidores y exhibidores de que se establezcan 16 semanas entre el estreno en salas y la posibilidad de verlas en internet se me antoja tan caprichosa como inútil mientras no se mejore la oferta cinematográfica.

Bienvenida sea la remodelación para que los cines se hagan más cómodos –a algunas salas no voy nunca porque siempre salgo de allí con dolor de espalda y/o rodillas–.  Después de todo, nunca se está mejor que en el salón de casa. Pero si los estrenos que se ofrecen no consiguen mayor calidad y la oferta carece de variedad, entonces me temo que el negocio se limitará a las superproducciones de gran tirada mercadotécnica; y a las palomitas.

Lo que no creo sea catastrófico, aunque sí sumamente revelador.