Jurassic World: El reino caído

Suelo recordar el argumento de casi todas las películas que veo. De Jurassic World, empero, apenas recordaba un par de fotogramas. Nada de su trama estructural. Por eso, antes de ver su secuela Jurassic World: El reino caído, tuve que leerme un resumen de la primera parte para situarme mínimamente. Ese es el interés que me despierta este inacabable y bien lejano acercamiento al mito de Frankenstein.

Sin embargo, Jurassic World: El reino caído ha despertado entusiasmos y enorme expectación en el mundo entero. Muchos dicen que es la mejor de la saga desde Parque Jurásico (1993). Y en España incluso se ha perdonado su incoherencia argumental por mor de la nacionalidad del director, el siempre hábil y correcto J.A. Bayona.

Cierto es que Jurassic World: El reino caído es un filme entretenido. Durante su primera hora se mezcla el cine de catástrofes –aquí un tremebundo volcán– con los dinosaurios. Y en la segunda asistimos al inevitable desmán “dinosáurico” en una mansión que recuerda demasiado a los videojuegos de Lara Croft.

Así, en líneas generales, tenemos un filme divertido, con muy buenos efectos, y todos los demás elementos comunes a las superproducciones de los últimos tiempos.

Pero nada fuera de lo normal. El que, por ejemplo, tengan que recurrir a dinosaurios genéticamente modificados, presuntamente cada vez más poderosos, demuestra la escasez de los guiones. Si en Jurassic World teníamos al Indomitus Rex, aquí surge el Indorraptor, que no tiene nada de tenebroso ni de invencible. Puro cine por acumulación en lugar de talento.

En cualquier caso, como en Parque Jurásico –la original, la sorprendente, la buena–, ciertas dosis de humor, unos personajes más o menos profundos –mejorados por el empaque estelar de un creciente Chris Pratt– con ciertas sólidas interrelaciones y, sobre todo, un ritmo agotador consiguen que el vehículo fluya a gusto de las masas.

A pesar de su evidente vacuidad –que las pretensiones no pueden faltar en los creadores cinematográficos– se ha querido disfrazar Jurassic World: El reino caído de película honda, crítica, trascendente.

Por un lado asistimos a la codicia de unos cuantos implacables empresarios y mafiosos –bien confundidos, no vayamos a distinguirlos– para que recordemos que el neocapitalismo es el gran mal del mundo del siglo XXI.

Por otro, de nuevo tenemos ahí el mensaje animalista. La vida de un animal, se propone, vale lo mismo que la de un ser humano. Este reto intelectual que algunos lanzan merece un pronta respuesta, aunque nuestras carencias filosóficas no lo pongan tan fácil como parece.

En este sentido, era mil veces más interesante la elevada propuesta de Mary Shelley: ¿cuáles son los límites de la ciencia humana? ¿Hasta dónde podemos llegar con la genética?

Lo más brillante de Jurassic World: El reino caído, como buena hija de la saga, ha sido su lanzamiento mercadotécnico. En ese sentido Steven Spielberg no ha envejecido lo más mínimo. Por supuesto, habrá continuaciones… y si en lo económico caminamos hacia un imparable oligopolio multinacional, los senderos cinematográficos se van estrechando con dinosaurios cada vez más gigantescos, hueros y predecibles.