Educaciones autónomas

Ya estamos de nuevo con Selectividad. En algunas Comunidades Autónomas se celebra esta semana; en otras, la que viene. La convocatoria extraordinaria, en once autonomías, tendrá lugar en unas pocas semanas; en las demás, en el tradicional septiembre. La prueba ni siquiera se llama igual en todas partes: a veces EBAU y otras EvAU. Son solo unos pocos ejemplos de las educaciones autónomas que nos afectan.

El galimatías se extiende más allá de selectividad. Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, imitando a otras, Educación adelantó los exámenes de septiembre a junio para que los tiernos escolares, pobrecitos, tengan sus merecidas vacaciones. El asunto se ha implementado de manera tan precipitada que muchos colegios andan como locos intentando cuadrar fechas. Eso sí, los alumnos de 4º de la ESO terminarán esta misma semana su “apretado” calendario.

Así, el calendario escolar también depende del territorio. Esta disparidad es una más de las muchas que caracterizan la disparatada fragmentación de nuestro sistema educativo.

Se acepta de manera tajante que las Comunidades Autónomas son el “novamás”. Algo lógico después del paradójico jacobinismo del Franquismo. Pero que en determinados asuntos se ha convertido en un dislate fragmentador y, en sus manifestaciones más radicales, promotor de sentimientos nacionalistas excluyentes.

En ningún caso se entiende que las Autonomías tengan tanta libertad en el diseño, construcción y desarrollo de sus propios sistemas educativos. Más allá de las diferencias socioeconómicas –que siempre se deben tener en cuenta cuando se habla de resultados en pruebas y exámenes– no tiene sentido ni genera justicia que los alumnos de Castilla y León obtengan en el informe PISA unas notas mucho más altas que los de Extremadura y Canarias.

Y aún es menos justo que  más del 20% los alumnos de Extremadura y Canarias saquen sobresaliente en Selectividad cuando en Castilla y León no llegan al 10% -datos de 2015–. Pero, y perdón si me repito, como cada Comunidad Autónoma tiene libertad para diseñar su propia prueba de acceso a la universidad…

Es decir, no hay igualdad entre españoles a la hora de acceder a la Universidad. Lo he dicho muchas veces; lo repetiré hasta la saciedad.

Pero ese no es el asunto de fondo. Mal está que algunas comunidades autónomas manipulen la Historia que se da en colegios e institutos para cimentar sus pretensiones exclusivistas. Peor aún es que no haya un mínimo acuerdo sobre qué aprender en Primaria, ESO y Bachillerato. Hacen falta unos mínimos amplios, unos máximos rigurosos, y un convenio sobre qué perspectivas ofrecer sobre los contenidos del hasta ahora inexistente currículo común.

Algunos pensarán que es enriquecedor aprenderse los ríos de Cantabria, los montes de la Comunidad Valencia o las hoyas de Andalucía, pero poco sentido tiene que no todos conozcan, bien, la importancia del río Duero, dónde se sitúa el Aneto o de dónde procede el cierzo.

El asunto es especialmente delicado cuando hablamos de Historia –de España, porque la Universal es un asunto muy menor en nuestros colegios, ni siquiera obligatoria en Bachillerato–, de Lengua o de Matemáticas.

Solo hay que preguntar cuántos alumnos de Andalucía o Extremadura estudian el doble Grado de Matemáticas y Física en la Universidad Complutense de Madrid, la carrera universitaria con una nota de corte más alta. Aquí sí que la calificación es igual para todos… en atentado flagrante contra la igualdad de oportunidades… por culpa de las educaciones autónomas.