Barea, Foxá y la batalla de Madrid

Lastimosamente, hay gran ignorancia en torno a la Guerra Civil Española –en concreto, la de 1936-39; hubo otras, varias, en el XIX… y antes–. 80 años después seguimos entregados a una serie de tópicos que intentan defender una de las dos posturas radicales que se enfrentaron en nombre de las dos antañonas Españas –nunca de la tercera–. Quizás el ejemplo más revelador sea el que rodea a la batalla de Madrid.

El próximo martes se inaugura en Madrid una exposición, titulada No pasarán, que muestra, según el Ayuntamiento de la capital, la lucha “contra el fascismo” y “por la libertad” que constituye “el patrimonio que debe ser conservado: los esfuerzos, conflictos y memorias que han hecho posible el mantenimiento de nuestros valores democráticos”.

Hay multitud de libros de Historia que desmienten este mito. Desde el 19 de julio la zona republicana tornó en una suerte de tiranía revolucionaria que, sobre todo al comienzo de la guerra, recurrió al terror de manera asistemática y cruenta bajo el camuflaje de la defensa de la libertad y de la lucha contra el fascismo –allí no había democracia por ningún lado–. Frente a ella, los rebeldes que, bajo otra bandera tan falsa como la rival, también recurrieron al exterminio gratuito y arbitrario.

Y también hay muchos libros, hijos de la propia época, que resultan reveladores documentos sobre lo que ocurrió en España, en las calles de Madrid.

En la tercera parte de La forja de un rebelde, Arturo Barea nos cuenta su versión, la de un defensor de la república, miembro de la UGT y encargado de la censura de guerra. Barea, que mezcla el relato de los hechos con la introspección psicológica de los devastadores efectos de la violencia, muestra el miedo que afectó a Madrid durante el cerco que sufrió desde noviembre de 1936.

En La forja de un rebelde asistimos a los intentos de justificar la postura de su bando por parte de un leal republicano, moderado, que ve cómo en torno suyo todo se va desmoronando por culpa de fanatismos y “lameculismos” varios. Aquí prima el terror ante los bombardeos, los francotiradores y los coches “fantasma” de la Falange.

En Madrid, de Corte a checa Agustín de Foxá nos cuenta su versión, la de un falangista que asiste aterrado a la represión del terror revolucionario. Como Barea, en las dos primeras partes de su libro nos acerca a los antecedentes del conflicto, quizás hasta frívolamente, con una prosa ágil, amena, heredera directa de las novelas de Ramón Pérez de Ayala.

Pero cuando comienza la guerra, el ambiente festivo, panfletario, de la novela torna hacia una mirada torva que intenta, de manera descarnada, mostrar cómo fue la represión que tuvo lugar en Madrid durante los primeros meses de la guerra. La novela, lejana a la épica que quizás intentó plasmar el autor, es un documento desgarrador de un testigo presencial, aunque declarado enemigo de la revolución.

Pero si conseguimos, mal que bien, quitar los velos ideológicos, combatientes, de La forja de un rebelde y Madrid, de Corte a checa, nos encontramos con dos formidables documentos que, desde la evidente fabulación, nos muestran qué sucedió en la capital de España, dos versiones maniqueas mas complementarias.

Así, entre “paqueos” y “paseos”, entre palacios confiscados con todas sus arañas iluminadas y la ciudad apagada cuando comenzaron los bombardeos, entre camiones “ejecutorios” y coches “fantasma”, nos enfrentamos a dos lúcidas miradas hacia los desastres de la guerra, hacia el absurdo enfrentamiento entre dos bandos irreconciliables que se dejan llevar por la violencia más cruel, sañuda, irreparable.

Así, en lugar de seguir jugando a los viejos tópicos, deberíamos mirar hacia la Guerra Civil con los nuevos ojos que nos dan la perspectiva histórica y, se supone, una mayor y más amplia información. Hay documentación de sobra para eliminar falsas ideas que intentan mantener viva la idea de las dos Españas, pero quizás no sepamos, o no queramos, evitar seguir jugando a los buenos y los malos.

P.S.: Tanto La forja de un rebelde como Madrid, de Corte a checa son dos novelas de imprescindible lectura. Su evidente parcialidad no les resta valor alguno; más bien al contrario.