La forja de un rebelde

Después de varias frustrantes relecturas –en mi segunda aproximación La Regenta me ha vuelto a parecer tan pelmaza como la primera vez–, he afrontado varias cuentas pendientes que tenía en los terrenos literarios. Así, he podido entregarme a La forja de un rebelde.

Arturo Barea escribió esta triple novela durante la Segunda Guerra Mundial, cuando aún estaban abiertas y sangrantes las heridas de la Guerra Civil. El libro se divide en tres partes: La forja, La ruta y La llama (aunque su título en inglés, The clash, sugiera El choque).

Los dos primeros libros son una lectura formidable. En La forja Barea recuerda sus tiempos de infancia y juventud para mostrarnos cómo era el Madrid de principios del siglo XX. Los barrios humildes, la dificultad de medrar en un mundo entre hipócrita y miserable, el asombroso contraste entre la ciudad y el campo circundante… todo se sucede con claros tintes barojianos mientras uno disfruta de la atragantada prosa del escritor.

Mejor aún me parece La ruta, en la que Arturo Barea recuerda sus experiencias como sargento en los peores tiempos de la guerra de Marruecos. Aparte de describir la corrupción moral y material que caracterizaba al ejército español, describe con espléndida lucidez cómo eran las calles de Tetuán y Ceuta, el campo que componía el Protectorado español.

Aquí el novelista ya comienza a dominar la digresión galdosiana, y suelta perlas como “Es terroríficamente fácil para un hombre el caer en estado de bestialidad”. Porque, después de todo, “durante los primeros veinticinco años de este siglo Marruecos fue un campo de batalla, un burdel y una taberna inmensos”.

Crítico y acerado, casi un periodista, Barea nos sumerge en los pequeños detalles de un ejército en el que prácticamente todo el mundo se entregaba al dinero, bien para enriquecerse, bien para dilapidarlo en prostíbulos, alcohol y /o juego.

Especialmente dantesca es la descripción que hace de los efectos del desastre de Annual y de Melilla, uno de los más terroríficos frescos que se han hecho sobre los efectos de la guerra.

Pero no todo es oscuro en La forja de un rebelde: Barea es un maestro en la presentación y desarrollo de un sinfín de secundarios que nos permiten imaginar cómo eran nuestros compatriotas hace poco menos de un siglo.

En La llama, cuando Barea toca la Guerra Civil, el libro se hace más denso, más oscuro, menos fresco. Pero de esta parte ya hablaré próximamente, cuando enfrente la tercera parte de La forja de un rebelde con Madrid, de Corte a checa, de Agustín de Foxá.

En cualquier caso, La forja de un rebelde, por lo menos sus dos primeros libros –como bien recomienda Andrés Trapiello en el imprescindible Las armas y las letras– es un libro entretenido, una lucida ventana a una época de la historia de España nunca suficientemente recordada.

Que novelas/memorias como las de Arturo Barea no sean más reconocidas dice bien poco de nuestro querido país.