¡Ah, todo está bebido, comido!

“Sola, el alma se marca en un denso hastío./ Allí abajo, se dice, hay combates sangrientos./ ¡Y nada poder, débil con deseos tan lentos,/ y no querer florecer un poco esta existencia!/ ¡Y no querer, ay, y no poder morir un poco!/ ¡Ah, todo está bebido! Bathyllo, ¿acabas de reír?/ ¡Ah, todo está bebido, comido! ¡Nada más que decir!”

Paul Verlaine no pudo imaginar qué iba a ser de nosotros en el siglo XXI. Ahí reside la grandeza de los grandes clásicos literarios, ser capaces de mostrar el pasado, el presente y el futuro en unas pocas líneas. El poeta simbolista, marcado por su Mal du siècle, da la espalda a la cruda realidad que le rodea y se sumerge en el hastío de la repetición, de la rutina existencial.

Me habría gustado ver qué habrían opinado Baudelaire, Verlaine y Rimbaud acerca de los días internacionales organizados por la ONU, ese lento e incesante goteo de fechas señaladas que, por acumulación, tan solo consigue hartar hasta al más entusiasta de las celebraciones bienintencionadas. Porque, ¿cuántos fueron conscientes de que este pasado miércoles, día 21 de marzo, fue el Día Mundial de la Poesía?

La ONU, y aledaños, se dedica a tamañas zarandajas mientras, dicen, “allí abajo hay combates sangrientos”. El postureo al que invita quizás nos permita sentirnos bien con nosotros mismos mientras seguimos adelante con nuestra existencia, entre corrupciones, guerras, amenazas, desigualdades y multitud de asuntos pendientes.

A la postre, estos días mundiales, más que para sensibilizar, son un pretexto para rellenar algunos rincones de los medios de comunicación en lugar de otros asuntos más enjundiosos. La ONU, así, consigue que miremos hacia otro lado para reconfortar nuestro ánimo y distraer nuestra atención.

Porque, ¿cuánta gente lee poesía en este mundo nuestro? Probablemente, Trump y Putin serían mejores personas, y gobernantes, si leyesen más poemas. Y Sánchez, Rajoy, Cifuentes (supongo que experta en añadir bibliografía a sus trabajos académicos), Rivera, Iglesias y demás tendrían más altas y loables miras si de vez en cuando leyesen un libro en el que cualquier poeta hubiese abierto su alma.

Pero así estamos. Apenas se lee poesía. En España, siempre a la cabeza de la indolencia, en el colegio se promueve el estudio de movimientos literarios antes que la lectura de textos, mucho menos poéticos. Cuando se invita a leerla, se recurre a textos sonoros, vacuos, más propios de un taller de carpintería que de un sistema educativo serio.

Aún más, ni Baudelaire, ni Rimbaud, ni Verlaine… ni un eterno etcétera forman parte de nuestro plan de estudios. Así nos va, de espaldas a los poetas que ayudaron a conformar la rebeldía contemporánea. Al leerlos, uno se da cuenta de que tienen más influencia en nuestros días que El capital o La riqueza de las naciones –que tampoco se leen–. De alguna manera, la poesía, todos los días, ha atravesado nuestra piel, los ojos cerrados, tan poderosa que es capaz de potenciar una ósmosis involuntaria.

Así, los días mundiales son más una distracción que algo serio. Leamos poemas, y demos la espalda a la ONU y demás gastos tan innecesarios como suntuosos.

“Cuando a nuestra generación destruya el tiempo/ tú permanecerás, entre penas distintas/ de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:/ «La belleza es verdad y la verdad belleza»…/ Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta”.

En esta oda Keats no se refiere a la poesía. ¿O sí?