Lara Croft y la nueva Tomb Raider

Lara Croft nació en 1996 como protagonista de la saga de videojuegos Tomb Raider, tan entretenida como escasa en sus guiones –en ese sentido camina muy por detrás de otros hermanos/descendientes–. Esta superheroína, de rápida carrera y portentosa puntería, no es Anna Karénina, ni Lolita, ni Sacha Savarof, ni siquiera Rebecca Bloomwood. A pesar de todo, acaba de estrenarse la tercera película de Lara Croft.

Da igual que las dos primeras –Lara Croft: Tomb Raider (2001) y Lara Croft Tomb Raider: La cuna de la vida (2003), ambas con Angelina Jolie como protagonista– fueran tan insulsas como pretenciosas, tan vacuas como elefantiásicas. El nombre de Lara Croft tiene gancho comercial y, en el cine del siglo XXI, con eso basta.

Tomb Raider, la nueva película, a menudo homenajea los videojuegos que le dieron vida: hay carreras por la selva, múltiples rompecabezas, varios tiroteos… pero su argumento, huérfano de ideas poderosas, se acerca constantemente a otras franquicias, como James Bond, Indiana Jones, King Kong o The Mummy –las de Brendan Fraser, se entiende–, aquí sin homenajes, tan solo como intento de rellenar un mundo más de pulsar botones que de construir grande epopeyas.

Así, con sus dos horas de metraje, Tomb Raider avanza según los cánones de laboratorio que imperan –tiránicamente– en el cine de acción de los últimos lustros. Sin llegar a aburrir, no ofrece una escena mínimamente original (1): todo transcurre constreñido por ese corsé que parece dar tan buenos frutos comerciales –aunque la película en Estados Unidos apenas haya llegado a los 23 millones de dólares, en el resto del mundo ya ha superado los 100–.

Tan solo hay un elemento refrescante en todo este invento: frente a la explosiva rotundidad de Angelina Jolie, nos encontramos con la sutil delicadeza de Alicia Vikander, sueca de origen que borda el acento británico y que se muestra como gran actriz incluso cubierta de polvo y al borde de la muerte. Su imagen es tan refrescante como poderosa, es decir, tiene alma de estrella.

El filme también mejora cuando en pantalla aparecen Kristin Scott Thomas, Derek Jacobi o Nick Frost, cuyas brevísimas intervenciones apuntan a que la saga tendrá inevitable descendencia. Pero el guión es tan flojo que Tomb Raider ni siquiera consigue explotar mínimamente la “malignidad” de Walton Goggins –el espléndio Boyd Crowder de Justified–.

Tomb Raider, con su Lara Croft al frente, muestra cómo funciona el actual modelo de negocio del cine de palomitas. No hacen falta correctos guiones, ni directores capaces, ni grandes promociones; basta con un gancho comercial… y a tirar palante.

Y uno no puede dejar de preguntarse dónde quedan aquellos viejos reclamos comerciales, como John Wayne o Philip Marlowe, que aseguraban espectáculo del bueno.

(1) Tomb Raider tiene dos secuencias emocionantes: la carrera de bicis en pleno Londres y la del avión sobre la cascada, muy similar a la del camión en El mundo perdido: Jurassic Park.