El gran pastel y las pensiones

Amantes de la anécdota, esclavos de la hipocresía, aquí gustamos de centrarnos en lo concreto, incapaces quizás de abstraernos hacia la verdad. Ahí tenemos la muerte de Stephen Hawking, con más curiosidades que enjundia, sin atrevernos a asomarnos a sus teorías y de espaldas a su ausencia absoluta en la enseñanza secundaria española. Después de todo, es harto complejo entender una sola palabra de la física de Hawking.

Sin embargo, y lógicamente –aún queda algo de lógica–, el asunto que más preocupa, aquí y en el resto de Europa, es el de las pensiones. En concreto, la pérdida de poder adquisitivo sufrida por los pensionistas desde que la crisis echase a perder nuestra irreal burbuja de pleno empleo e ilusiones quiméricas.

De ahí que sean muchas las recetas que se plantean para que los pensionistas, más que recuperar su bienestar, dejen de dar la vara con sus justísimas protestas. Recetas que, en todos los casos, son simples tiritas que apenas pararán la hemorragia de un enfermo al borde del colapso multiorgánico.

Efectivamente, con el envejecimiento de población, el alto desempleo, los bajos salarios, el antañón y pésimo sistema de contratación laboral y la mísera estructura económica de España, el sistema de pensiones no es sostenible.

No necesitamos cataplasmas emolientes ni paliativas. El sistema demanda, perentoriamente, fórmulas que aseguren su continuidad a largo plazo. Si no, el cobro de las pensiones peligra, a corto plazo incluso. Para ello hacen falta recetas mucho más ambiciosas, planes más audaces, medidas valientes y lúcidas que miren sincera y directamente a los ojos de la esfinge.

Porque no son solo las pensiones las que corren peligro de menguar o desaparecer. Es todo el Estado de Bienestar europeo el que está en riesgo de colapsar.

El dinero público no es infinito. Los presupuestos no son simples papelajos que ignorar sistemáticamente. Y el Estado, antes que nada, debe asegurar una serie de instituciones fundamentales: educación, justicia, sanidad, policía, etc.

Hacen faltan miles de policías, hay necesidad de más profesores y mejores institutos, algunos hospitales requieren reformas urgentes, muchos juzgados son decimonónicos en medios… y todo ello precisa de mucho dinero para seguir adelante, para mejorar, para funcionar de acuerdo con lo que demandamos en Europa.

¿Hay dinero? Esta es la primera pregunta que hay que responder. Sobre todo porque, solo en España, nos acercamos a los 10 millones de pensionistas mientras se alarga la esperanza de vida.

Por eso, más que la anécdota de lo concreto, más allá de la hipocresía del electoralismo, hacen falta personas honradas y valientes que se atrevan con las cuentas y decidan qué recortar y qué potenciar para asegurar la supervivencia de nuestro Estado de bienestar.

Pero, ¿acaso quedan personas de altura entre tanto enanito suelto?