La muerte de Stalin

Con lo mucho y malo que se estrena, tiene narices que sea tan difícil encontrar un cine que proyecte un estreno interesante, La muerte de Stalin. El filme solo está presente en 9 salas de la provincia de Madrid, por lo que supongo será prácticamente imposible verlo en poblaciones más pequeñas. No me puedo creer que el público se desinterese tanto de largometrajes como este.

La muerte de Stalin es una comedia negra que recrea lo que sucedió tras el fallecimiento del dictador soviético. Con solvencia, más o menos rigor y mucha mala leche, condensa en unos pocos días lo que transcurrió a lo largo de varios meses.

El principio de la película es sublime. Mientras se nos presenta a personajes como Beria, Malenkov, Kruschev y otros soviéticos cercanos al “papaíto” soviético, una grabación se convierte en asunto de Estado mientras el terror torna en espléndida y nigérrima comedia.

A partir de ahí, cuando muere Stalin, nos topamos con los protagonistas, al principio bloqueados pues el que lo “dictaba” todo ya no puede decir nada. Precisamente, durante el “bloqueo”, quizás la primera mitad del filme, la comedia es brillante, divertidísima, de esas que arranca media docena de sentidas y liberadoras carcajadas.

Luego, cuando a partir del funeral todo deviene en la lucha por el poder, La muerte de Stalin pierde parte de su fuerza cómica, aunque gana en interés dramático, sobre todo para aquellos que no sepan cómo terminó todo. En cualquier caso, es un filme espléndidamente rodado por el escocés Armando Ianucci.

Además, en inglés sin acentos –hace una semana vi Gorrión Rojo, en inglés con acento ruso, lo que coloca a Jennifer Lawrence en insólita situación que, a pesar de los pesares, la actriz supera con solvencia–, el filme está espléndidamente interpretado por grandes actores como Steve Buscemi, Jeffrey Tambor, Simon Russell Beale o Michael Palin. Todos espléndidos, muy serios, como exige la auténtica comedia.

La muerte de Stalin es un filme original, diferente, divertido, un soplo de aire fresco en la estancada atmósfera del cine contemporáneo. Pura sátira política –a los prebostes rusos no les ha gustado nada–, consigue que te rías aun presentando la peor de las dictaduras. Jugando con la muerte, la política y la naturaleza humana, presenta a una serie de personajes tan hilarantes como temibles.

Y, aunque sea puro cine, solo medianamente cercano a la Historia, da gusto ver que se hacen cosas que puedan acercar a la gente a lo que ocurrió en 1953 en la Unión Soviética. Más allá de que haga reír, es un filme valiente que trasciende lo políticamente correcto, incluso la debida seriedad que se exige ante los totalitarismos del siglo pasado.

A pesar de todo, apenas se ha distribuido en unos pocos cines, como si el humor inteligente o la recreación histórica estuviesen apestados. La muerte de Stalin tiene una hora genial, a la que habrá que volver cuando haya oportunidad en la televisión. Se nota que ya terminó la temporada de los Oscar, y que el cine ajeno a terror, superhéroes y efectos camina hacia una inevitable extinción.

P.S.: Hay numerosa bibliografía sobre Stalin. Mucha menos sobre los hombres que le rodeaban. Recomiendo El equipo de Stalin: Los años más peligrosos de la Rusia soviética, de Lenin a Jrushchov, espléndido acercamiento al tema.