Feminismo del siglo XXI

Según el ejemplo establecido por Islandia en 1975, este jueves se celebra una reivindicación del feminismo universal como protesta contra las discriminaciones sexistas que persisten y, sobre todo, para intentar eliminar las diferencias que aún separan a varones y féminas.

Nunca he entendido muy bien por qué hay que parar el mundo para hacerlo avanzar. Pero bienvenida sea esta propuesta en cuanto llena de bonísimas intenciones. Ciertamente, Occidente necesita un último empujón para lograr la efectiva igualdad entre sexos, y en muchos rincones del globo hay que dar los primeros pasos para la liberación de la mujer.

Así, hay que aceptar el nuevo feminismo (1), pues está lleno de buenas intenciones y, sobre todo, fluye repleto de justicia.

A pesar de los pesares, es necesario advertir de numerosos peligros que acompañan esta iniciativa y otras similares. Las ideologías, los movimientos, las reivindicaciones… por muy justas y utópicas que sean, a menudo se acompañan de desviaciones nada deseables, en ocasiones peligrosas. Después de todo, Robespierre perseguía el bien común.

Así, me gustaría resaltar varias actitudes que me preocupan:

– División: No se puede estar de acuerdo con ese feminismo extremista que incide en la división absoluta entre hombres y mujeres. Según los Derechos Humanos, todos somos iguales, personas, individuos… y debemos estar en contra de cualquier cualidad que sirva para diferenciarnos y, por extensión, discriminar a una de las dos partes. Por eso jamás podré estar de acuerdo con la discriminación positiva.

– Dialéctica sobre culpables y víctimas: La división anterior casi siempre se ofrece como una división entre los hombres, potenciales abusadores –por lo que debemos sentirnos, siempre y todos, culpables–, y las mujeres, víctimas propiciatorias. Como dije semanas atrás, la inmensa mayoría de personas comparte el mismo objetivo. Pero insistir en ideas como lo del patriarcado opresor o la agresividad congénita del varón tan solo sirve para poner a muchos a la defensiva y como pretexto justificador de las trasnochadas ideas de los viejos “machitos” que aún perviven.

– Fanatismo: Aterra leer los mensajes que contienen algunas webs del feminismo extremo –a menudo relacionadas con la extrema izquierda–. No solo niegan su femineidad a personajes como Cristina Cifuentes o Ana Patricia Botín, sino que tan solo admiten, de pasada, a aquellos hombres que se plieguen a sus dictados. Hay ciertos sectores, minoritarios, que utilizan una auténtica dialéctica del odio, del enfrentamiento. Y los fundamentalismos son peligrosos, deleznables, vengan de donde vengan, defiendan lo que defiendan, pues se sostienen sobre la negación del otro.

Como decía Voltaire, debemos ser tolerantes con todo menos con la intolerancia.

En cualquier caso, que estas advertencias no sirvan para ocultar que esta huelga de mujeres persigue algo tan deseable como necesario. Hay que acabar con la discriminación, del tipo que sea. Hay que luchar por la igualdad efectiva.

Pero no a costa de imponer el pensamiento único de unos pocos; jamás para beneficiar a aquellos que viven de la apología de la división y, sobre todo, del odio.

(1) Quizás, en lugar de feminismo, deberíamos comenzar a hablar de feminismos, más por diferencias de tono y formas que de fondo.