Lady Bird

Desde que Trump llegó al poder, la americanofobia de gran parte de la intelligentsia (?) europea ha aprovechado para incrementar sus ataques contra la cultura estadounidense. Solo en la última semana he leído dos comentarios en las redes sociales sobre el erial intelectual y artístico que se supone son los Estados Unidos. Supongo que sus autores son lectores habituales de Paul Auster o Richard Ford, gozan de las canciones de Pearl Jam y acuden en procesión a ver películas como Lady Bird.

Lady Bird es la típica película independiente que encanta a Hollywood. Cuenta las tribulaciones de una adolescente, en su último año de instituto, que encuentra un abismo entre sus sueños académicos y vitales y su realidad como miembro de una familia de clase media baja que las pasa canutas para llegar a fin de mes.

La principal virtud de Lady Bird es la protagonista homónima, personaje magníficamente construido y que constituye un paradigma de las cuitas, inquietudes, virtudes y defectos de los adolescentes del último cuarto de siglo. La chica busca su sitio en la vida, sin darse muy bien cuenta de que no todo lo que le rodea es tan vacuo y prosaico como sospecha.

Junto a ella, una serie de espléndidos secundarios que ayudan a recrear un Sacramento que anda a medio camino entre pueblo malsano y paraíso para la aureas mediocritas. Es decir, una gran película de personajes que a su vez se apoyan en diálogos directos e intensos.

Lady Bird es un melodrama que, empero, huye de las grandes escenas. Es pura película independiente, donde impera el subtexto, y que se apoya en las espléndidas actuaciones del elenco –destacan la protagonista, Saoirse Ronan, y la gran Laurie Metcalf– para conseguir dar la emoción e intensidad necesarias a un guión que esconde más de lo que enseña, y que impacta deliciosa y sordamente.

Por supuesto, Lady Bird no es película mayoritaria. Apenas me atrevería a recomendársela a media docena de mis conocidos. Pero es un filme de pequeño presupuesto que muestra el mundo tal cual es, con sus virtudes y defectos.

Y cuando en un país como Estados Unidos –con muchísimos defectos, como demuestra cada día su propio presidente– surgen películas como Lady Bird, algo tendrá la patria de Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Edith Wharton, Gershwin, Pollock, Rothko, Hemingway, Sherwood Anderson, Raymond Carver, Charles Bukowski y un eterno etcétera.

Lo que quizás moleste a los antiamericanos es que suele ser en Estados Unidos donde surgen obras que retratan a toda una generación occidental. Si tanto disfruté con Lady Bird –aparte de porque dura 94 minutos, que es lo que debe durar una película– fue porque me sentí frente a un espejo.

Aquello, pues, no es ningún erial.

P.S.: Lady Bird ganará el Oscar al mejor guión original, escrito por Greta Gerwig, también directora.