La libertad de expresión, en peligro

La libertad de expresión es una de las grandes –¿aparente?– conquistas de Occidente. Durante el siglo XIX y gran parte del XX la lucha contra la censura fue uno de los principales retos humanos. Los gobiernos limitaban las libertades en cuanto se ponía en peligro su propio prestigio o se criticaban sus actuaciones y medidas con demasiado acierto, inquina y/o acidez.

Y la limitan, la siguen limitando.

La retirada en ARCO de la obra de Santiago Sierra tiene más que ver con la autocensura que con una maniobra del Gobierno. Quiero creer. Hay mucho miedo al qué dirán, al qué se rumoreará en las redes sociales, al qué hará este político o cómo clamará aquel grupo de activistas. Sí, hay tremebundo miedo a la libertad de expresión de los demás, y aquí se ha atentado contra la libertad creativa de un artista, que debe ser absoluta.

Por otro lado, ahí tenemos haciendo ruido a Amnistía Internacional pues considera que “alzar la voz en España” conlleva un “peligro creciente”. Por un lado, la condena a un rapero por las letras de sus canciones y, por otro, la sensación de “miedo”, llevan a AI a condenar de nuevo lo que somos, siempre con ese doble rasero de una ONG que considera que hay más libertad en Cuba que en Estados Unidos.

Aunque AI exagere –su director español ha afirmado que “cada vez hay más miedo a salir a la calle y a movilizarse para reclamar derechos”–, cierto es que la “ley mordaza” y el secular desprecio para con la libertad de los partidos políticos tradicionales –y Podemos– nos retrotrae a aquellas épocas en que abrir la boca era peligroso, cuando, incluso, se ponía en entredicho la libertad de conciencia.

Pero, a mi entender, el mayor peligro que corre la libertad de expresión –la libertad, en definitiva, es “una e indivisible”, como afirmaba Madariaga– son las corrientes de opinión que se propagan cual plagas por internet –que debería haber servido para sacralizar la libertad expresiva– y conforman lo que calificamos como políticamente correcto, fenómeno que se impone en forma de pensamiento único, tiránico, despótico, excluyente.

Eso no lo dice Amnistía Internacional. Pero hay más miedo a ofender a determinados grupos, a determinadas religiones, a determinadas minorías… que a salir a la calle a gritar contra cualquier injusticia. Si, por ejemplo, Jennifer Lawrence sale en vestido a promocionar su última película, ya está el despotismo feminista clamando contra dicho acto. Si a uno se le ocurre opinar de manera diferente a la dictadura cultural –por ejemplo, defender la valía como escritores de Agustín de Foxá, Nabokov o Celine– pronto llegarán los palos.

Este fenómeno de miedo, que provoca en cualquier “opinador” tentaciones de autocensura, es universal, no solo español. Al final, por motivos bien diferentes, de nuevo tenemos que clamar por la libertad de expresión que, como he dicho en otras ocasiones, en su ejercicio conlleva el inevitable “mal gusto”.

Así, por las masas exaltadas de las redes sociales –los sansculottes de internet–, por el buenismo radical de activistas y ONGs, y por las tentaciones despóticas de gobiernos y partidos, de nuevo nuestra libertad corre peligro.

Pues así es nuestra naturaleza, siempre ansiosa de la libertad propia (absoluta) y temerosa de la ajena.

P.S.: Ha fallecido Forges, parte fundamental del humor gráfico del último medio siglo. Fue un ejemplo de libertad de expresión… sin ser necesariamente políticamente correcto.