La forma del agua

Como los misterios que esconde el universo solo son aptos para una selecta élite de físicos, los simples mortales nos vemos obligados a centrarnos en misterios más de andar por casa. Por ejemplo, por qué Marta Sánchez ha levantado tanto entusiasmo con su versión del himno nacional; qué narices pasa en Cataluña; cómo Donald Trump llegó a presidente de Estados Unidos; o por qué La forma del agua es la gran favorita en la próxima entrega de los Oscar.

La forma del agua es la última película de Guillermo del Toro e, inopinadamente, se hizo con el León de Oro de la última Mostra de Venecia. Cuenta, con aires de fábula y look a medio camino entre Amelie y la serie B de los 50/60, una imposible historia de amor entre una mujer de la limpieza y un fabuloso humanoide acuático, que la ignorancia e intolerancia tratan como si fuese un auténtico y horrísono monstruo.

Durante su primera hora La forma del agua pone en escena una magnífica ambientación, mejorada sobremanera por la deliciosa música de Alexandre Desplat. Aparte, los personajes son espléndidas recreaciones de personas reales; entre ellos destaca la protagonista, muda, alegre, feliz, perfecto sostén del argumento gracias a la encarnación en Sally Hawkins.

Así, durante esta primera mitad uno se entrega a la ternura que flota entre la protagonista, sus viejos amigos y la nueva “presencia”. Pero a partir de determinado momento, cuando el filme sale de su primer gran escenario, La forma del agua se entrega al exceso, a la fantasía en estado puro, a terrenos que Del Toro ya tocó en Blade II o Hellboy –de ahí que resulten tan extrañas sus 13 nominaciones a los Oscar–.

Entonces, mientras asistimos a varias escenas de escasa o nula verosimilitud, los personajes van perdiendo el norte ante la atónita mirada del espectador, en especial ese villano que raya en la estupidez esquizoide más absoluta. La forma del agua, así, se convierte en otra película con monstruo típica de Guillermo del Toro.

Sin embargo, La forma del agua posee el ritmo moroso necesario para triunfar en los Oscar. Por si fuera poco, ha encantado a la crítica, y ganó en Venecia, lo que también es una enorme virtud para la “Nueva” Academia.

Sin embargo, los elementos que resuelven el misterio sobre su favoritismo son otros bien diferentes: Guillermo del Toro, buen director, es mexicano, lo que serviría a Hollywood para darle en los morros a Trump; la protagonista es una mujer fuerte, hecha a sí misma, cuyos principales amigos son un homosexual y una afroamericana; el tema es ambicioso en su defensa de lo diferente frente al establishment; y, por si fuera poco, el guión, junto a Del Toro, lo firma otra mujer: Vanessa Taylor.

En cualquier caso, a pesar de los excesos de su segunda hora, y aunque gane el Oscar, La forma del agua es una bella fábula que, en el fondo, trata del desamparo y la necesidad de refugiarnos en el prójimo. No es una obra maestra, pero es recomendable verla.