Por un mundo sin etiquetas

Una corriente de pensamiento, hija del fundamentalismo religioso de disfraz cristiano, compara el aborto con el Holocausto judío ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Ya he leído en media docena de distintos medios que los abortistas son semejantes a los nazis.

Traigo tamaño exabrupto (real) a esta página porque, por los más diversos motivos, la mesura que debe acompañar la libertad de conciencia y de expresión se está viendo constantemente amenazada por las más diversas campañas totalitarias, despóticas, negadoras del otro.

Así, tenemos esa versión de Carmen, estrenada en Florencia, en la que la cigarrera termina matando a su maltratador. Algo que según Leo Muscato, el adaptador-perpetrador, encaja bien con el siglo XXI porque despoja la ópera de Bizet “de las convenciones del siglo XIX sobre las mujeres”. Espero con inquietud las representaciones de las venganzas de Ofelia, Desdémona y Ana Ozores.

El feminismo ha vivido un año triunfal en 2017, lo que debemos celebrar… en su justa medida. Tras las denuncias contra Harvey Weinstein, la campaña #MeToo ha conseguido concienciar a los artistas de Hollywood para denunciar acosos y abusos sexuales. Da igual que Roman Polanski haya vivido como un rey durante décadas, celebrado por la progresía, porque ahora sí que vamos a ir a por los pervertidos.

Y es un triunfo del feminismo a pesar de que, por ejemplo, Kevin Spacey haya reconocido sus desmanes con jóvenes de su mismo sexo.

Pero, supongo, es inevitable enlazar el #MeToo con la liberación y el empoderamiento de la mujer. Y así, en la pasada gala de los Globos de Oro, se celebró la fortaleza de un movimiento que, empero, adolece de numerosos tintes totalitarios.

Por ello un amplio grupo de artistas e intelectuales francesas –contra las que, por supuesto, ya se han abalanzado las galas más radicalmente feministas– han lanzado un manifiesto para poner en evidencia los excesos del movimiento nacido en Estados Unidos, al que consideran sospechoso de puritanismo. Como afirma el propio manifiesto: “¡Nos ordenan hablar, a silenciar lo que enoja, y aquellos que se niegan a cumplir con tales órdenes se consideran traidoras, cómplices!”. Es decir, sin negar la gravedad del problema –el machismo– defienden la libertad de expresión y gritan contra el pensamiento único.

En gran medida, el #MeToo es otro movimiento centrado en el “si no estás conmigo, estás en mi contra” o, mejor, “si no apoyas, sin matices, mi postura, te conviertes en mi enemigo”, o, aún mejor, “como no estés de acuerdo con nosotras, serás cómplice de machistas, maltratadores y violadores”.

Por supuesto, ese no es el espíritu del movimiento, pero a menudo sus formas se esgrimen como armas arrojadizas y no como argumentos. Por un lado, en cierto modo intentan que todos los hombres nos sintamos tan víctimas como la mujer lo ha sido durante milenios –así me lo contó una amiga feminista, para después añadir que, en el fondo, todos los hombres somos en cierta manera culpables–.

Y, por otro, el movimiento insiste, en principio por mor de la igualdad, en mantener bien clara la distinción entre hombres y mujeres. Por eso, durante los Globos de Oro, se recalcó que a la categoría de mejor director solo aspiraban varones. Y por eso se insiste tanto en que son las mujeres las únicas víctimas, las únicas que sienten auténtico dolor cuando una mujer es agredida, maltratada, violada, asesinada.

Ergo, se niega la capacidad de los hombres para compartir dolor, penas y objetivos. Postura despótica que no comparto, porque estoy seguro de que la gran mayoría de los varones desean -y muchos pelean por ello- que todas las mujeres del planeta puedan aspirar a la igualdad en todos los aspectos necesarios. Y solo todos unidos conseguiremos mitigar los efectos del machismo.

Este feminismo entusiasta, aunque despótico, es una manifestación más de esa corrección política que quiere imponer una manera de pensar sobre las demás. En el fondo, probablemente, sea encomiable. Pero en las formas, como afirman las discrepantes francesas, se asemejan a un extremismo religioso.

Porque, si queremos alcanzar la auténtica igualdad y, de paso, deseamos acabar con el despotismo intelectual, deberíamos comenzar por quitar las etiquetas que se usan como arma: yo no estoy en contra solo de los abusos sexuales, sino en contra de todos los abusos; no desprecio únicamente el acoso laboral, sino cualquier clase de acoso; grito contra cualquier especie de agresión; no protesto y lucho solo contra la violencia de género, sino contra todo tipo de violencia.

Porque, en la lucha contra los absolutismos, contra los excesos, contra el mal, no hay sexo, género, raza, religión… nada que nos diferencie o distinga a los buenos de los malos. El absolutismo de las formas puede confundirse con los fondos esencialmente perversos, y eso siempre favorece el malvado.

P.S.: Me gustó el discurso de Oprah Winfrey. Mientras la campaña #MeToo me hace sentirme excluido, parte integrante del lado oscuro, las palabras de la estrella televisiva consiguieron que me sintiera parte de algo importante esencial, necesario.