Cine 2017: El año del harakiri

No me gusta hablar de premios artísticos. Pero probablemente la gran noticia del año fue que Moonlight ganase el Oscar a la mejor película. Hollywood, en directo, se hizo el harakiri ante el resto del mundo: premió a una película de arte y ensayo, con mensaje, de pequeño presupuesto, un filme muy minoritario, a la postre el antónimo de lo que suele significar la meca del cine.

Para más inri, Moonlight derrotó a la gran favorita, La La Land, una película que había conquistado al público y levantado grandes expectativas antes de la gala de los premios de la Academia. Es difícil idear una mejor estrategia para debilitar la credibilidad y popularidad de unos premios.

Precisamente, entre las películas estrenadas en España durante 2017, considero que La La Land es una de las mejores; su homenaje a los viejos musicales, el hábil guión y el protagonismo de dos grandes estrellas –Emma Stone y Ryan Gosling– la acercan al viejo arquetipo de las grandes películas de Hollywood, y eso a pesar de su bajo presupuesto.

A la altura de La La Land colocaría: Dunkerque, espléndida película de guerra rodada por Christopher Nolan, uno de los mejores directores del momento;  Your name, delicioso anime con un guión tan original como brillante; las dos primeras horas de Blade Runner 2049 –¡Qué final más malo!–; y Coco, otra joya de Pixar.

Cerca, hay que colocar algunos títulos de superhéroes, un género que pronto alcanzará en número a los estrenos de terror. Wonder Woman era una magnífica película de acción que lanzó a una potencial gran estrella, Gal Gadot. Logan nos mostró, por primera vez en el cine, un Marvel crepuscular, un intenso drama para dar fin –presunto– a Lobezno; y Thor: Ragnarok es una comedia de primera disfrazada de película de acción.

Siguiendo con la parte alta de la tabla, en 2017 se han estrenado algunas películas realmente entretenidas: Déjame salir, con pátina de filme de terror, presentaba un asunto tan morboso como crítico;  Baby Driver era brillantísima en lo visual, algo peor en lo argumental;  y Fast & Furious 8 nos volvió a dar lo prometido, sin engaños.

Muchos en Hollywood, y demás lugares del globo, deberían aprender de la franquicia Fast & Furious, que ha ido mejorando con los años. Lo habitual es que las cosas decaigan. Aun teniendo algo de nivel Kignsman, Guardianes de la galaxia 2 y La guerra del planeta de los simios son peores que sus predecesoras.

Aún más frecuente es que las cosas se corrompan del todo: T2: Trainspotting carece de alma; La bella y la bestia es una barrabasada en todos los sentidos –como el público infantil es escasamente crítico, algunos entienden que les pueden lanzar cualquier boñiga–; lo de Piratas del Caribe no parece tener fondo; y lo que le han hecho a Jumanji merece la pena capital; aún más perverso e inexplicable de todo es el proceso de Alien, este año plasmado en Alien Covenant.

Y podría hablar de muchas más segundas partes, continuaciones, remakes o adaptaciones. Es una de las características del cine contemporáneo.

Claro que si nos ponemos a hablar de nuevos lanzamientos la cosa no mejora: La momia, protagonizada por Tom Cruise, es uno de los peores filmes que se hayan rodado; Geostorm, pésimo chiste; y lo habitual es que se lancen productos que ofrecen mucho ruido y pocas nueces, como La gran muralla, Z la ciudad perdida o Barry Seal: el traficante.

Ahora que menciono otro título en el que aparece Cruise, este año el cine español está de enhorabuena: Álex de la Iglesia ha estrenado ¡2 películas!, El bar y Perfectos desconocidos, con buenos resultados de taquilla. Alejandro Amenábar ha rodado el anuncio de la lotería de Navidad.

Lógicamente, en este artículo faltan bastantes películas, sobre todo malas. En cualquier caso, insisto en que la gran noticia del año fue el harakiri de Hollywood al premiar Moonlight. El otro harakiri que hemos presenciado, la infame Los últimos Jedi, tiene los mismos efectos simbólicos. Porque, por un lado,ahí seguirá Hollywood produciendo cine basura y, por otro, Star Wars, quizás generando ilusión.