Individuo, rebaño, manada

Cuando los tres primos, colegas y adláteres pusieron en marcha la Primera Guerra Mundial, el pueblo acudió en masa, con enorme entusiasmo, a las oficinas de reclutamiento. Un ahora trasnochado sentimiento romántico por lo bélico y décadas de propaganda contra el enemigo correspondiente crearon el clima perfecto para convertir al rebaño en manada.

Terminada la Gran Guerra se extinguió la vieja idealización de batallas y proezas bélicas. Parecía haber llegado el momento perfecto para la liberación del rebaño. Pero circunstancias económicas, unidas a las escaseces o impotencia de algunas democracias, provocó la proliferación de estados totalitarios –Unión Soviética, Italia, Alemania…– en donde el individuo desaparecía bajo la presión del rebaño, liderado por un pastor con mano de hierro.

Tras la Segunda Guerra Mundial, por lo menos en el bloque capitalista, el individuo, como concepto necesario para el desarrollo del ideal de libertar, despertó como nunca había hecho antes. Así, en pocos lustros, pudo entregarse a sus propios caprichos, casi siempre relacionados con la emergente sociedad del consumo y el hedonismo de lo inmediato. (Algo similar ocurrió en el bloque soviético tras la caída del muro)

Pero, si lo pensamos detenidamente, el individuo rara vez consiguió escapar, independizarse, del rebaño. Ya fuera por el invencible deseo de poseer una lavadora, un 600 o una videoconsola, ya fuera por la hipnotizadora atracción de movimientos socioculturales –tan sencillos como ser fan de los Beatles o más complejos como los hippies y posteriores tribus urbanas– o ya fuera por la necesidad de cumplir o incumplir con lo establecido, poco a poco los ciudadanos fueron “alistándose” en determinadas líneas de actuación que reagrupaban a los dispersos humanos –dispersión que siempre amenaza la fortaleza del Estado y que puede ser mitigada, incluso eliminada, desde el sistema educativo–.

Así, hasta la llegada del siglo XXI, cuando existen tantas y tan variadas clases de rebaños que predomina la ilusión de que realmente somos individuos libres de ataduras, absolutos maestros de nuestro destino: hípsters, “beliebers”, madridistas, culés, peperos, socialistas, gamers, haters, veganos, okupas, etc. forman grupos de personas diseminadas pero, a la postre, más o menos estabuladas.

Nada problemático, pues desde antiguo bien se sabe que el humano es un ser social, tendente al gregarismo. Resulta irónico que necesitemos el reflejo de un referente grupal para encontrar la completa realización de nuestra individualidad –después de todo, Pierre Bezújov, ¿no se pasaba Guerra y Paz buscando algo a lo que pertenecer, de lo que formar parte?–, pero es lo que hay, salvo que se quiera ser ermitaño o se tienda a la absoluta misantropía.

Los problemas surgen cuando a un rebaño se le prepara, se le adoctrina, para enfrentarse a otro u otros. Entonces, con la creación del rival, del perenne enemigo, del objeto al que odiar con toda nuestra irracionalidad, el rebaño torna en manada, como quizás ocurrió a principios de la Primera Guerra Mundial, solo que ahora con la ausencia absoluta de códigos morales.

Pues la manada, al contrario que el rebaño, busca su supervivencia en la eliminación del rival o, cuando menos, en la separación agresiva y traumática del resto de la comunidad. Y, aunque existen otros movimientos pro-manada como lo antisistema o el machismo carpetovetónico, a ningún gregarismo se le da tan bien construir manadas como al nacionalismo.

Ahí, por ejemplo, tenemos a los nacionalistas catalanes en busca de una independencia a costa de la otra mitad del rebaño, la que no pertenece a su manada.

Resulta trágico que, a las puertas de 2018, se me venga a la cabeza el Leviatán de Hobbes. Porque me gustaría pensar que somos individuos que conforman un Estado que asegure nuestra libertad antes que súbditos de un Estado que asegura nuestra supervivencia al protegernos a los unos de los otros.

Así, en lugar de lo que estamos haciendo, deberíamos promover la autonomía del individuo dentro de su comunidad, y no la de esta a costa de la del individuo.