¿Tan importante es el 27?

Con la que está cayendo en Cataluña uno esperaría que surgiese una pléyade de intelectuales capaces de analizar, criticar y juzgar el asunto y revestidos de un mínimo de auctoritas. El auténtico artista, a mi entender, es el comprometido con su tiempo y su entorno.

La noche del pasado sábado se cumplieron 90 años de la foto que abre estas páginas, la imagen más conocida de la generación del 27, grupo artístico que, según la propuesta orteguiana, apostó por un arte elitista, elevado, ajeno a lo que les rodeaba y, acaso, importaba.

Entre el 15 y el 17 de diciembre de 1927, con la excusa de homenajear a Góngora, este grupo de amigos –más o menos– se reunió en Sevilla para, entre otras cosas, visitar un manicomio, correrse un par de juergas y cruzar un embravecido Guadalquivir. Después de todo, eran jóvenes y osados.

Meses antes habían pedido a Unamuno que escribiese algo para colaborar con el tercer centenario de la muerte de Góngora. El autor de Niebla, por aquel entonces en el exilio, les respondió con una durísima carta. Entre otras cosas, don Miguel les escribió: “No me es lícito celebrar a ningún espíritu de la España eterna mientras el ruin inespíritu de Primo de Rivera siga mandando y deshonrando el santo nombre de mi patria”. Los jóvenes y ambiciosos poetas ignoraron al maestro, y llegó la “magna” celebración a pesar de la situación política.

Resulta cuando menos curioso que estos hechos se omitan cuando se habla de la generación del 27. Aparte, podría ponerse en duda gran parte de su calidad literaria. Bien es cierto que Pedro Salinas y Luis Cernuda –curiosamente, ninguno sale en la susodicha foto– son maestros de la poesía amorosa, a la altura incluso de Neruda, pero ninguno de los demás podría considerarse, desde mi punto de vista, superior a Juan Ramón o al Miguel Hernández de la Guerra.

La mayor parte de la producción poética del 27 mezcla experimentación y homenaje, pero siempre de manera fría, alejada de la realidad –el Romancero gitano es tan tópico y folclórico que bien lo podría haber escrito Merimée–, con una total falta de compromiso. Después de todo, uno de los grandes padrinos del grupo fue Ortega y Gasset, defensor del arte por el arte, siempre para minorías.

Pero, a mi entender, es mil veces más interesante la concepción ética del arte de un Tolstoi o un Dickens. Y ahí, la generación del 27 palidece ante la grandeza y el compromiso de Unamuno, Pío Baroja, Pérez de Ayala, Max Aub, Chaves Nogales y muchos otros de sus coetáneos.

Durante el primer tercio de nuestro siglo XX tuvimos una pléyade de grandísimos intelectuales, algunos con auctoritas. Y, aunque a la postre apenas sirviese de nada, muchos escribieron para resaltar carencias y señalar las faltas de su época y sus contemporáneos.

Me parece tremendamente triste, y parcial, que nuestra tiranía cultural deifique el arte “ausente” de la Generación del 27 –que nació y se pavoneó cuando España vivía bajo una dictadura–, a menudo a costa de todo lo demás. Pero, por lo menos hasta la guerra –el militante caso de Alberti ni lo considero–, siempre caminaron, escribieron, de espaldas a la realidad española. Tenían enorme talento, pero miraron hacia otro lado hasta que fue demasiado tarde.

Por eso es una lástima que se les celebre tanto y tan machaconamente, cuando su obra es tan artificiosa, elevada, remota y fría. Sobre todo porque, como suele ocurrir con nuestros recuerdos, homenajes y lecciones de literatura, no se les lee… ni a ellos ni a sus contemporáneos.

Entonces la lástima torna en vergüenza.