Los últimos Jedi

Evitaré los spoilers.

Con alrededor de 500 millones de recaudación en su primer fin de semana a lo largo de todo el planeta, Star Wars: Episodio VIII–Los últimos Jedi demuestra la buena salud comercial de la saga. Después de todo, varias generaciones acudimos en procesión a ver cada estreno como si fuésemos zombis de The Walking Dead. Star Wars supera ampliamente lo esencialmente cinematográfico e incardina con un fenómeno sociológico sin parangón en la Historia –solo, quizás y de manera mucho más breve, se acercaría la Beatlemania de los años 60–.

Por eso apenas importará lo que servidor escriba en este su modesto rincón. Decepcionado, más que desilusionado, es en Los últimos Jedi cuando por fin he atisbado la patita de la monstruosa Disney. Es imposible ver un filme más políticamente correcto: ahí tenemos a un afroamericano corriendo aventuras junto a una asiática mientras un hispano hace valer su audacia y habilidad como piloto y los dos protas, blancos pero morenos, juegan al mentalismo Jedi. Solo el hecho de que el más tonto y malvado sea pelirrojo puede ofender a cierto sector de la población, aunque muy, muy, muy minoritario.

Aparte, también aparece el mensaje ecológico de un Luke Skywalker que vive retirado en un seudoconvento pero en comunión con la naturaleza. Y, más allá, escuchamos un discurso sobre lo perverso de las guerras y el tráfico de armas. El esperpento del “correctismo” alcanza su cenit cuando Chewbacca apunta hacia el vegetarianismo.

Más allá de la anécdota, la principal lacra de Los últimos Jedi es su inverosímil guión. Toda la saga, salvo momentos, tenía un mínimo de credibilidad. Aquí todo se mueve en los límites de la verosimilitud, sobre todo en lo relacionado con los Jedi, lo que puede ser hasta permisible. Pero que la gente viva o muera solo porque le dé la gana al director-guionista choca contra la saga, el sentido común y la suspensión de la incredulidad. Y los pequeños retazos de humor no consiguen compensar lo previsible, arbitrario y plomizo de la trama.

Además, sin J.J. Abrams tras el timón, en Los últimos Jedi reluce la mediocridad de los personajes incorporados en este tercera trilogía: son blandengues, planos, facilones… tan hueros e inanes como sus intérpretes. Aquí no hay un Harrison Ford que convierta a Han Solo en icono, aunque sí un Luke Skywalker que supere las limitaciones de Mark Hamill.

Solo Rey/Daisy Ridley y Kylo Ren/Adam Driver tienen algo de interés. Pero en Los últimos Jedi, a pesar de las muchas explosiones, efectos, peleas y demás, apenas se avanza un ápice en lo que es el meollo del asunto; se dan vueltas en círculo sin presentar, explicar ni concluir nada. Este Episodio VIII quizás sea el peor de la saga, siempre después de La amenaza fantasma de Jar Jar Binks.

Pero da igual. Al salir del cine todos teníamos claro que en 2019 volveríamos a quedar para ver el Episodio IX. Hay pocas cosas que generen tanta ilusión como Star Wars y, de momento, hay ganas de seguir viendo películas con la Fuerza como motor. Algo que tiene más que ver con la Antropología que con el cine.