La dictadura del exabrupto

Un tipo cualquiera consigue grabar un vídeo subido a un tanque para alardear de escasa inteligencia y nulo respeto al ordenamiento jurídico, y el siempre moderado Pablo Iglesias se atreve a decir, en sede parlamentaria, que “parece que los tanques del Ejército de Tierra están a disposición de cualquier descerebrado fascista que quiera amenazar”. Digno ejemplo de falacia argumentativa.

Un pobre diablo atenta chapuceramente en Nueva York y el siempre moderado Donald Trump aprovecha para atacar a todos los migrantes e, indirectamente, acusar al Congreso de Estados Unidos por no apoyar sus medidas legislativas. Como en el primer párrafo, la relación causa-efecto no está demostrada, y la exageración es evidente, pero eso no impide que el mensaje se lance y distribuya sin freno.

En estos tiempos cualquiera puede hacer llegar un mensaje a cualquier rincón del globo, incluso a millones de personas. No es fácil, pero cualquiera puede convertirse en influencer, en creador de tendencias y líder de opinión –en este sentido, Donald Trump es una versión renovada, enfermiza y delirante del viejo sueño americano–.

El principal problema es que los mensajes que más trascienden son los más radicales, los más excesivos, los más memos. Intento usar cada vez menos las redes sociales por dos razones: por un lado, sirven casi exclusivamente para el postureo vacuo y onanista; por otro, es muchísimo más habitual el retweet –uso el término para cualquier plataforma– de los mensajes falsos y, sobre todo, de los que cargan contra el otro, sea este de la condición que sea.

Así, tenemos los mensajes llenos de exabruptos contra izquierdas o derechas, contra hombres o mujeres, contra católicos o musulmanes, contra cualquiera que se quiera concebir como rival o enemigo. Además, disfrazados bajo bonísimas causas, tenemos aquellos que fomentan el odio contra ciertas opiniones que se consideran “menores”, como puede ser la defensa de la familia o de la ética católica. Hay una evidente parcialidad a favor de unas cuantas posturas en contra de otras –como bien se observa en la actual campaña electoral de Cataluña–.

Obviamente, también hay mensajes mucho más pacíficos pero, por lo menos en mi entorno, estos abundan y calan menos que los más disparatados, exagerados, extremos, excesivos. La memez y el exabrupto surgen por doquier… con más posibilidades de proliferar que la mesura y el sentido común -de ahí que, de vez en cuando, se pase de las palabras a los hechos, y un iluminado se cargue a un presunto “rival” por el color de sus tirantes–.

No sería preocupante en exceso si el asunto se limitase al pueblo llano. Pero son las opiniones más disparatadas y excesivas de presuntas personalidades –Iglesias, Trump, Ada Colau, Eduardo Inda, Gabriel Rufián, Carles Puigdemont, Mariano Rajoy y un eterno etcétera– las que más se mueven, leen y proyectan en nuestra sociedad. En cualquier caso, lo de estos sujetos consiste, casi siempre, más en la memez que en el fanatismo.

Ciertamente, jamás abogaré por ninguna medida que restrinja la libertad de expresión. Por eso, como aboga Coucheau, solo nos queda el derecho al pataleo o, como defiende San Atorio, rezar a ver si hay alguna esperanza de que cambien las cosas.

P.S.: Como ejemplo del exabrupto más memo, invito a investigar en la red la teoría que defiende que la Tierra es plana, y que lo que conocemos es tan solo una conspiración de la NASA y otros tenebrosos organismos. Es un gigantesco absurdo pero muy entretenido.