La crítica contraataca

La vieja crítica se niega a desaparecer. Antaño, todopoderosa, era capaz de provocar el triunfo o el fracaso de una película, una obra, un libro. Hogaño, se ha visto superada por el sinfín de medios que, además de permitir opinar sobre cualquier cosa, agrupan las opiniones de muchos para mitigar la despótica subjetividad –consciente o no, gratuita o no– con que los viejos santones intentaban sentar cátedra.

A pesar de todo, supongo que hacen falta guías… que nos digan que Antonio es mejor que Manuel, que Lorca fue el mejor del 27, que el teatro del absurdo no lo inventaron Jardiel y Mihura, que la nouvelle vague aún tiene valor o que el cine de Clint Eastwood está sobrevalorado. Después de todo, una memez está al alcance de cualquiera, incluso de la más conspicua e ínclita crítica.

Suburbicon, la última película dirigida por George Clooney, tiene una puntuación de 5.3 en imdb; en Estados Unidos no ha llegado a los 6 millones de recaudación; y, en líneas generales, la crítica de medio mundo la ha suspendido. Pero eso no ha impedido que dos de nuestros más afamados críticos la hayan elogiado. Quizás porque es empalagosa y políticamente correcta, quizás porque Clooney es bien progre y antiTrump, quizás porque no la entendieron… pero ambos la consideraron dignísima de verse.

El filme parte de un guión de los hermanos Coen, guión que nunca rodaron pero del que sí tomaron algunos elementos para otras películas como Fargo o Quemar después de leer. Clooney ha cogido el texto, le ha añadido una trama secundaria, y se ha puesto a rodar como si hacer Muerte entre las flores, El gran Lebowski u O Brother! fuese fácil.

Suburbicon quiere ser una película de los Coen, pero no lo es. Sus intentos de jugar a la comedia negra fracasan en la más grosera de las farsas. Y su pretensión de criticar la sociedad norteamericana es tan obvia que parece ideada por un telepredicador texano que apoye a Trump y odie a Hollywood.

Los dos críticos a los que me refiero algo vieron, o quisieron ver, en Suburbicon. Curiosamente, aunque no sea algo habitual en ellos, los dos también coincidieron en alabar Perfectos desconocidos, la nueva película de Álex de la Iglesia que, en esta ocasión, ha adaptado una película italiana a los modos españoles.

Así, nos topamos con una cena de siete viejos amigos que, por unas horas, deciden compartir todo lo que les llegue al móvil, a saber, compartir sus más inconfesables secretos. La puesta en escena es eficaz, los personajes, reconocibles, y el argumento se desarrolla de manera ágil provocando más sonrojo que carcajada. Aquí sí hay comedia oscura, de esas que tensa y no relaja.

Pero, en contra de lo que dijeron los críticos, no todo el elenco está bien. A pesar de la eficacia de Eduard Fernández y Belén Rueda, la torpeza y/o inepcia de Eduardo Noriega, Dafne Fernández y Juana Acosta nos recuerdan que aún queda mucho por hacer en nuestras escuelas de interpretación. En cuanto a Pepón Nieto y Ernesto Alterio, supongo que tendrán su público.

Por otro lado, Perfectos desconocidos, original en su planteamiento, hacia el final deriva en el típico y tópico final de las comedias supuestamente gamberras del siglo XXI. Probablemente, el ataque a una burguesía decadente fue lo que convenció a nuestros críticos.

La vieja crítica se niega a desaparecer. Pero, imparablemente, se desvanece. Porque con sus ínfulas y sus maneras de jugar a intelectuales de altura –de la misma manera que George Clooney– lo que consiguen es que el público desaparezca de las salas.