Excelencia demagógica

Cualquier premio decidido por un jurado es harto discutible. Supongo que eso forma parte de su esencia. Pero hay premios que se desdicen desde su propia configuración. El Balón de Oro, por ejemplo, premia a uno solo por su labor en un deporte de equipo, excelsa contradicción que muestra como ninguna las carencias del mundo contemporáneo.

Así, mientras Xavi, Mauro Silva, Raúl, Kroos y un eterno etcétera jamás ganaron o ganarán el Balón de Oro, Messi y Cristiano Ronaldo ya llevan cinco cada uno -aunque hay que reconocer que aquel es infinitamente mejor que este-. El portugués, ufano y orgulloso de igualar a su rival en esta estadística, siempre dentro de su célebre modestia, se ha autoproclamado “el mejor jugador de la Historia”.

Nada de esto importaría en demasía si esta semana, en España inexistente gracias a un delirante calendario, Cristiano y sus declaraciones no hubiesen copado portadas y páginas de periódico y demás medios de comunicación. A este sujeto, portentoso atleta, estratega menor y supino ególatra, se le trata como a un gran héroe, un semidiós digno de compararse con Hércules, Aquiles o Perseo.

Pero, mientras estos son mitos, meras invenciones de hombres con sus virtudes y sus defectos, Cristiano es una persona real, carente de ninguna de las virtudes que las viejas éticas postulaban entre la moderación y la bonhomía. Cristiano, fuera y dentro del campo, piensa antes en sus goles que en el equipo, en sus estadísticas que en los triunfos conjuntos. Pero, ¿sería alguien sin Modric, Casemiro, Sergio Ramos o Marcelo?

Con todo este empuje mediático, incluso institucional -la FIFA también da sus premios, como otras federaciones-, es lógico que un futbolista egoísta y vanidoso se convierta en ejemplo de infantes y muchachos aficionados al fútbol. ¿Es este el ejemplo que debemos dar a los jóvenes?

Según el DRAE, excelencia es “superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima una cosa o a una persona”. En este sentido, Cristiano Ronaldo es un futbolista excelente. Ya está. ¡Cuidado con celebrar algo más que eso!

El problema reside en que lo que mostramos como excelencia se acerca mucho más al viejo y populista “pan y circo” que a un programa social en el que destaquen quienes realmente lo merecen. Así, las grandes luminarias, más o menos fugaces, son futbolistas, macarras de la NBA, malencaradas estrellas de la música, triunfadores de realities televisivos, actores menores, influencers internáuticos, soberbios histriones de la nada…

Entonces, ¿dónde quedan los excelsos catedráticos, doctores, intelectuales, autores, etc.? Aparte de que es difícil encontrar ninguno medianamente encomiable con menos de 60 años, vagan en el trastero, sepultados bajo el enorme influjo de la sobreinformación que nos carcome.

Si nuestros héroes, reales y no ficticios, tienen el talante de un Cristiano Ronaldo, es difícil esperar que nada excelente salga de la sociedad. Pura tragedia griega, solo que sin castigo catártico y sin un Sófocles detrás.