Sentido único

Se sobreentiende, aunque a menudo parezca mentira podrida, que los políticos deben velar por el bienestar de sus ciudadanos, aún más cuando son estos los que eligen a aquellos. Que Donald Trump, ilustre mentecato, haya reconocido a Jerusalén como capital de Israel, lejos de favorecer a esa “Great America” que defendió en su campaña electoral, la pone en riesgo como al resto del mundo.

Trump, así, ha seguido el ejemplo de los tres primos de la Primera Guerra Mundial, de Adolf Hitler en la Segunda, Mao en la Guerra de Corea o Kennedy en Vietnam y ha puesto sus santísimos por encima del interés general… de su país y de la comunidad internacional.

Algo similar ocurre en todas partes.

Por ejemplo, de nuevo con frases hueras y tópicas, nuestros políticos han vuelto a hablar de la Constitución sin importarles un ápice lo que sea beneficioso para todos los españoles. La inseguridad jurídica que provoca el artículo 150.2, con la posibilidad de transferir competencias del Estado a las Comunidades Autónomas, ya no está de moda, y así el interés general desaparece por lo que ocurre en Cataluña.

Estamos huérfanos, por mucho que haya un sinfín de personas que confíe en las tetas de Papá Estado para llevar las lentejas a casa. Nada como lo de muchos ayuntamientos. Ada Colau a menudo olvida que es la alcaldesa de una gran ciudad y gusta más de jugar a la “gran” política. Y Manuela Carmena, por otro lado freno del extremismo de sus compañeros de lista, parece estar jugando una partida de Sim City antes que gobernando la capital de España.

Por ejemplo, la reducción del tráfico en la calle de Alcalá –la que queda fuera de la M-30– solo servirá para empeorar atascos y, por ende, la contaminación de una zona mal diseñada para acoger la multitud de negocios y vecinos que hasta allí han llegado.

Aunque peor es lo de la Gran Vía, aquella avenida que se construyó hace un siglo para mejorar el tránsito entre la zona de Argüelles y la Cibeles. Al hacerla peatonal, ha recordado su función primigenia, y son kilométricos los atascos que se producen en la Cuesta de San Vicente y la calle de la Princesa, pues ambas desembocan en lo que ha tornado en cuello de botella. ¿Y con eso se pretende reducir la contaminación?

Por si fuera poco, ahora se ha decidido crear calles peatonales de sentido único en la zona más concurrida –por turismo y comercio– de Madrid para gestionar y, supuestamente, racionalizar las aglomeraciones nacidas de las fiestas navideñas. Así, además de atentar contra la libertad de circulación de individuos, se obliga a los transeúntes a dar vueltas a la manzana, aunque se sea anciano, se esté impedido o se vaya cargado con bolsas y bolsas.

Personalmente, por estas fechas acudo a esa zona para hacer mi gran compra navideña. Torpe como soy, solo regalo libros, y en unos pocos metros se concentran estupendas grandes librerías. Y los libros pesan, literalmente, mucho. A pesar de ello, ya me había acostumbrado a ir en metro hasta Callao. Ahora, quizás, me dé aún más pereza castigar mi espalda con el peso de mis obligaciones como “papanoel” o “reymago”. Porque me niego, por principio y por salud, a que me digan por dónde tengo que andar.

Pero así, con sentido único, es como nos gobiernan. El interés general yace bajo los intereses electorales, y ya ni siquiera estos parecen poner freno a la memez de nuestros dirigentes y sus inútiles ideas de bombero.