Isabel Coixet y La librería

Isabel Coixet es una directora de prestigio internacional. Hace años decidió rodar en inglés y así enseñó un camino diferente de hacer negocio cuando la industria (?) española buscaba público: Coixet tiene más éxito en el extranjero que en España.

Durante el pasado verano Isabel Coixet escribió una serie de artículos que intentaban buscar mesura y raciocinio en torno al dislate independentista de Cataluña. A partir del “ser catalán y español no son conceptos antagónicos”, la directora supo pensar e informar con una moderación impropia de nuestro país y nuestros tiempos.

Poco después, además, se atrevió a denunciar el acoso diario que reciben aquellos catalanes que prefieren seguir siendo españoles antes que independentistas. Ha sido de las pocas figuras de renombre que se han atrevido a decir en voz alta lo que es un secreto a voces, valga el mal juego de palabras.

El alarde de valor, buenas intenciones y sensatez de Isabel Coixet quizás sea la principal razón que haya provocado el aluvión de buenas críticas para con La librería, su última película.

En ella se nos cuenta cómo una viuda, voraz lectora, abre una librería en un recóndito pueblo inglés, más cateto que reaccionario, y cómo esta iniciativa se enfrenta a unos poderes fácticos tan malignos como maquiavélicos. Quizás por ello algunos hayan querido ver cierto paralelismo entre el filme y la persecución padecida por la directora.

La librería, como suele ocurrir con el cine de Coixet, es una película modesta, sencilla en su puesta en escena. Nos plantea un tema simple, íntimo, que puede abrirse a las lecturas más ambiciosas. El problema es que, a pesar del tono neutro, de la sensibilidad dulzona que rezuma el producto, el argumento y los personajes son demasiado gruesos como para despertar interés y arrancar lágrimas.

La librería es una peli demasiado maniquea, con malos malísimos y una protagonista que deja al Cándido de Voltaire como ejemplo de lucidez y perspicacia. Los personajes son tan planos como obvios, y así es difícil que las secuencias cobren un mínimo de emoción.

Además, raro en un filme de Coixet, es una lástima ver a intérpretes de la talla de Emily Mortimer o Patricia Clarkson actuando de manera tan exagerada. El personaje de James Lance resulta especialmente ridículo. Es difícil conseguir que un elenco de mayoría británica sea tan obvio en sus gestos -solo se libra un contenido y eficaz Bill Nighy-, por lo que solo se puede concebir un intento consciente de la directora de convertir el drama en una fábula crítica, obvia y excesiva.

La librería, lleno de buenas intenciones, es un filme de estética antigua que, desde mi punto de vista, resulta falso y frío, escaso en la presunta radicalidad que algunos le atribuyen. Una película que intercala un sinfín de planos del cielo, los prados o el mar parece sacada de una época espero que superada.

En cualquier caso, Isabel Coixet sigue siendo una directora interesante. Y, como ciudadana, un ejemplo de valentía y moderación. Lástima que no sea gente como ella la que se presenta a la alcaldía de Barcelona.