500 años de Reforma

Esta semana se celebran 500 años de la “publicación” de las 95 tesis de Lutero, punto de partida de la Reforma que cambiaría la faz del mundo. La semana que viene se cumplen 100 años de la Revolución Bolchevique, otro acontecimiento clave en la Historia. Dos momentos decisivos que, pronto, trastocaron valores y generaron violencia.

Sobre el reformador alemán ya escribí el pasado mes de julio en un artículo titulado Erasmo y Lutero. Pero tras las numerosas declaraciones que he leído sobre Lutero, algunas hagiográficas –alguno ha afirmado que, como teólogo, está a la altura de San Agustín o Santo Tomás– quizás sea conveniente volver a matizar la figura de aquel hombre de acción antes que de pensamiento.

Lutero fue resultado lógico de su época. Roma era cuna de corrupción infinita, de todo tipo de desmanes religiosos, éticos, políticos y económicos. Y no desde hacía poco. Ya Petrarca tildó a Avignon, sede temporal del Papa durante parte del siglo XIV, de “Babilonía impía” en el soneto CXIV del Cancionero. En 1415 Jan Hus fue quemado en la hoguera por sus críticas a la Iglesia.

Y se podrían poner otros muchos ejemplos. Pero fue Erasmo de Rotterdam, más padre nuestro que Lutero, el más decisivo de los humanistas que criticaron la situación de la Cristiandad y de la Iglesia. Erasmo sembró la semilla de la que nacería la Reforma protestante, tan necesaria en esencia como dogmática y despótica en presencia.

Lutero tuvo la gran virtud de convertir las críticas en acción. Supo defender con sus actos las ideas en las que indudable y fanáticamente creía. Y cambió el mundo, por lo que es uno de los personajes más importantes de la historia de Occidente.

Como teólogo luterano –Miguel García-Baró escribió que “Lutero no fue autor de un sistema de teología y tampoco escribió, en realidad, tratados en la materia; su fuerte es el escrito de ocasión y polémica, la agitación espiritual”– fue mucho más importante Philip Melanchthon, fino pensador que supo aprovechar la imprenta para la más rápida y amplia propagación de las “nuevas ideas”. Después de todo, la prosa de Lutero se asemeja más a una sarta de martillazos que a un conjunto de argumentos.

Lutero es pieza clave en la Historia. Para bien, cuando hizo lo que era necesario, y para mal. Como ya escribí en su día, si bien defendió su propia libertad de conciencia –con la extraña fórmula de “mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios”– en la Dieta de Worms de 1521, más adelante se opuso a que los fieles pudiesen seguir la corriente cristiana en la que creyeran, pues fue tan dogmático como aquellos a los que pretendía reformar.

Pues Lutero, con su fanatismo ciego, contribuyó a que Europa se enfangase en un siglo y medio de guerras de religión que sesgaron vidas y conciencias en aras del dios del Amor. No fue el único zelote, pero sí uno de los más notables propulsores de unos conflictos bajo los que subyacían motivos político-económicos –ya dijo Sócrates que todas las guerras son hijas del dinero–.

Por otro lado, si bien Lutero postuló la lectura directa de la Biblia, negó cualquier interpretación alegórica. Y, aunque pueda parecernos paradójico, frente al libre albedrío católico, el luteranismo propugnaba la predestinación.

Así, cuando Erasmo por fin atacó la doctrina luterana con su Diatriba sobre el libre albedrío (1524), el alemán respondió con De Servo Arbitrio. Una polémica que sirvió para que Lutero rechazase y condenase al hombre y las obras de las que había bebido y para que, como sugiere Marcel Bataillon en el espléndido Erasmo y España, se pueda considerar la separación irrevocable entre Humanismo y Reforma.

Lutero es un personaje histórico inmenso. No cabe duda. Pero no fue un santo ni nada semejante. Ni un liberal. Ni, desde la anacrónica mirada de alguien del siglo XXI, un auténtico cristiano. Lutero fue un hombre de su época, y así deberíamos entenderlo. Como afirma el historiador alemán Heinz Schilling, los hombres de entonces “se explicaban las tensiones, los conflictos y las discordias amenazantes como una lucha apocalíptica gigantesca, como la lucha de los hijos de la luz contra los hijos de la oscuridad”.

Por eso, ponernos a alabar a Lutero como santo varón, como gran teólogo, como libertador de pueblos, es hacerle otro flaco favor a la Historia.

La semana que viene: Lenin.