Sin razón

La Dialéctica de la Ilustración, de Mark Horkheimer y Theodor Adorno, es una obra clave para entender el mundo en el que vivimos. En ella se plantea cómo la razón, aplicada de manera unívoca, termina convirtiendo el conocimiento científico o cualquier otro campo en terrenos dogmáticos. Para los dos pensadores el Holocausto fue fruto de una aplicación fría y racional de unos disparatados principios.

Ese es el problema: partimos de unas premisas no siempre racionales, a menudo falsas, y queremos convertirlas en verdad necesaria a partir de una lógica tan tendenciosa como chabacana. Solo así podemos entender el actual peso de los supremacismos, los fundamentalismos religiosos o los nacionalismos excluyentes: desde la pasión irracional por unos principios/sentimientos pasamos a la razón poderosa y tenebrosa. Robespierre con los medios de propaganda y violencia del siglo XXI.

Si uno atiende a la entrevista que el periodista inglés Stephen Sackur realizó a Raúl Romeva el pasado 9 de septiembre, queda asombrado ante el bochornoso espectáculo que dio el actual Consejero de Asuntos Exteriores de la Generalitat de Cataluña. Sus respuestas llegaron a tal absurdo que, en un momento dado, el presentador británico le dijo que sus palabras le sonaban a nonsense –tontería, aunque prefiero traducirlo como sinsentido–. Romeva, como muchos de sus colegas, hizo el ridículo, pero eso no impide que él y sus compañeros sigan adelante.

Básicamente, porque el independentismo catalán parte de unos principios irracionales, casi siempre falsos –aunque algunos insistan en denominarlos posverdades, son simples mentiras– como cimiento de un argumentario tan ramplón como arrojadizo. A partir de ahí, usando la lógica de manera artera e interesada, construyen un discurso que, por ejemplo, afirma que hay legitimidad para proclamar la independencia por el remedo de referéndum ilegal del 1 de octubre.

Es decir, la apuesta por el cisma catalán parte de la sinrazón más absoluta, de la negación de cualquier sentido común. Pero entonces, una vez construida la mentira, se funciona a partir de una razón tan dogmática como excluyente. La gran mayoría de ellos se cree armada de razón, de tener bien sujetas sus para ellos legítimas reivindicaciones.

Por eso no cabe razonar con ellos. No se puede porque su apasionada paranoia no entiende razones. Solo cabe su dogma, su verdad, su disparate construido como sueño de medio pueblo a costa del otro medio. Dialéctica laminadora y laminada de imposible solución.

Da igual que haya o no declaración de independencia; o que se aplique o no el artículo 155 de la Constitución; o que se convoquen o no elecciones: estamos jodidos. No hay soluciones posibles –y aceptables por la sensibilidad y sentido común de las personas de bien– mientras los zelotes no recuperen la cordura –valiente oxímoron–. La lucha por la independencia/autodestrucción es tan endeble en sus principios –sentimentales– como obstinada y hosca en su puesta en escena.

El sueño de la razón produce monstruos. Aún más cuando paradójicamente se apoya en la fría razón aplicada con intención dogmática y negadora del otro.