Geostorm como síntoma

El cine de catástrofes siempre ha venido acompañado de ciertos adelantos técnicos. Aunque dramas en el fondo, resulta curioso que tanto La senda de los elefantes como Cuando ruge la marabunta se estrenasen en 1954. En la primera aparecía Elizabeth Taylor y en la segunda Charlton Heston. La unión de efectos y estrellas iba a marcar el subgénero.

La primera eclosión de las catástrofes llegó en los años 70, con películas como Terremoto (1974, con Heston y Ava Gardner), El coloso en llamas (1974, Paul Newman, Steve McQueen y William Holden) o Aeropuerto (1970, Burt Lancaster y Dean Martin) –ampliamente superada por la parodia Aterriza como puedas–.

Pero la llegada de los efectos digitales lo cambió todo y desde los 90 raro es que no se estrenen varias películas catastróficas –en el sentido de presentar grandes desgracias– cada año. Casi todas tienen en común la conjunción de escenas espectaculares con mucho “photoshop” y la presencia de al menos un par de grandes estrellas.

Personalmente me quedo con Armageddon (1998) que, combinando humor y drama, nos contó cómo un grupo de valientes perforadores salvaban a la Tierra de la amenaza de un gigantesco meteorito. Con Billy Bob Thornton, Steve Buscemi, Ben Affleck y Liv Tyler, entre otros, la dirección de Michael Bay supo crear un entretenido espectáculo que ganaba sobremanera gracias al sacrificio final de Bruce Willis, amantísimo padre y humano ejemplar.

Acaba de llegar a nuestras pantallas Geostorm, producción de 120 millones de dólares que nos muestra un futuro cercano en que el clima terrestre se encuentra controlado por una increíble red de satélites meteorológicos. El problema, clarostá, surge cuando comienzan a fallar y el tiempo se vuelve tan loco como mortal.

Esta es la excusa para mostrar muchas escenas de acción catastrófica, como la de una improbable cadena de explosiones de tuberías de gas en Hong Kong –allá hace mucho, pero que mucho calor– o la imposible lluvia de hielo en Río de Janeiro, lluvia capaz no solo de derribar aviones sino de pararlos en seco en pleno aire para que caigan en vertical.

Como es fácil deducir, Geostorm no busca ninguna verosimilitud. Pero el primer problema surge con sus efectos, bien lejos de lo que ahora se estila y a lo que estamos acostumbrados. Algunas escenas, con mucha gente huyendo, más que a las cutres películas antiguas de Godzilla –destaca Japón bajo el terror del monstruo, también de 1954–, recuerdan a esa deliciosamente mala saga llamada Sharknado.

Pero donde Geostorm muestra hasta dónde puede llegar el actual cine de Hollywood es con su elenco: Gerard Butler, hermano pobre de Russell Crowe, apenas da para héroe, mucho menos para uno que sepa sacrificarse por la humanidad; su hermano en la pantalla, Jim Sturgess, es tan blandito que consigue que uno añore hasta a Ben Affleck; y el resto de intérpretes apenas dan para llenar una esquinita de pantalla. Solo Ed Harris tiene presencia, pero uno sabe desde el primer momento que ya tenemos al villano de turno.

Geostorm tienen la gran virtud de durar solo 109 minutos. Es decir, aburrir no aburre. Pero es una lástima que tantos millones se dediquen a un filme tan pobre en lo visual. Aunque más preocupante es observar el declive en el estrellato, en la presencia humana. Hollywood ya no es lo que era, ni siquiera a la hora de plantearnos futuros apocalípticos –salvo, quizás, el suyo propio–.