Propaganda y Catalonia

El argumento disyuntivo “diálogo o represión” que plantean los independentistas es falaz, torpe, burdo.

El pasado 1 de octubre, mientras se celebraba un referéndum ilegal –probablemente delictivo–, Internet se pobló de fotos que magnificaban la violencia policial. Así, los independentistas catalanes escondieron su “golpe” tras la imagen de pueblo reprimido, y ganaron otra batalla comunicativa más.

La semana pasada Carles Puigdemont inventó la declaratio interruptus, pero solo después de haber mentido otro ratito sobre lo mal que lo pasa el alma catalana en el cuerpo español.

Esta misma semana, tras la detención de los líderes de Omnium y ANC, se ha lanzado un vídeo en inglés, Help Catalonia, que incide en su propio martirio sin importar que se tergiverse la verdad o, incluso, se invente una realidad paralela.

Del mismo modo, se hace campaña para intentar convencer al mundo de que que Jordi Sánchez y Jordi Cuixart son “presos políticos”, mentira tan burda como efectista.

Después de todo, por ahí andan tipos como Pep Guardiola para dar cancha y credibilidad a toda esa sarta de mentiras descaradas.

Mientras los independentistas, en su loco frenesí por un sueño tan disparatado como estúpido, juegan con los medios para hacerse con parte de la opinión pública internacional, sorprende sobremanera el silencio persistente, casi completo, del Gobierno de España. Son los periodistas –espléndido el artículo de Félix de Azúa publicado el martes en El País–, algunos pocos políticos –¡Toni Cantó!– y varios internautas los que trabajan para destapar la verdad, para quitar ese mierdoso velo con el que la intentan cubrir los zelotes del catalanismo orate.

En cualquier caso, el hecho es que los independentistas están ganando la batalla comunicativa, por lo menos en el extranjero. El pasado verano, antes de las ilegalidades del 7 y 8 de septiembre y posteriores, pasé gran parte de mi tiempo intentando convencer a ciudadanos europeos y norteamericanos de que España no es un Estado centralista sino un modelo federal con nombre raro.

También argumentaba que las reivindicaciones de independencia carecen de fundamento y que, desde luego, nadie reprime a nadie en las calles y rincones de España.

Pero entonces, como ya escribí en agosto, aparecen los catalanes y, en actos oficiales y oficiosos, se presentan como auténtico estado independiente. Cosa que llevan haciendo bastante tiempo desde sus “embajadas”, siempre apoyados en la mentira y al margen de la ley –¿cuánto tiempo llevamos viendo el mensaje “Catalonia is not Spain” en los más variopintos escenarios internacionales?–.

Aparte de otras muchas cosas, el Gobierno, desde su inoperante oficina de comunicación y desde el politizado cuerpo diplomático, debería estar constante y machaconamente informando de lo que realmente sucede y desmontando las muchas mentiras que cuentan los independentistas. Y no solo a través de Twitter; también mediante medios serios y mínimamente fiables. Así, quizás, podríamos mostrar al mundo que la disyuntiva “diálogo o represión” es una descomunal y temeraria falacia.

Es lógico que Mariano Rajoy, jefe del Ejecutivo, famoso por su laissez fairelaissez faire hijo de la indolencia, sobrino de la soberbia y primo hermano de la inepcia–, no mueva un dedo. Está en su naturaleza. Pero todo el equipo que le rodea podría hacer algo para evitar que continúe la goleada.

Por ahí fuera hay muchos periodistas, profesores universitarios, políticos y ciudadanos varios que le bailan el agua a Oriol Junqueras y demás. Que no se atisbe una mínima reacción en las filas del Gobierno demuestra enorme desidia, ganas de jugar con las quebradas reglas del rival.

No creo que el cisma catalán llegue a producirse. Pero, si no se reacciona pronto, la imagen internacional de España quedará irremediablemente dañada.