Duelo de titanes

Wyatt Earp enciende una modesta lámpara de gas; de repente, la pantalla se ilumina toda, dejando claro que alguien ha encendido un foco. Doc Holliday, embutido en unas entalladísimas chaquetas, camina con unos tacones dignos de una gran pasarela. Un rufián muere en tres segundos cuando uno de los dos protagonistas le lanza una pequeña navaja. El cartón piedra reluce en paisajes de forzada iluminación.

El cine, en los años 50, a menudo adolecía de tremenda ingenuidad y, hoy en día, resulta chocante su falta de realismo. Pero eso, más allá de que algunas cosas luzcan algo anticuadas, apenas importa. El gran objetivo, quizás el único, era contar una historia emocionante, atractiva.

Duelo de titanes, estrenado en 1957, es uno de esos westerns crepusculares anteriores a la revolución que ensució uñas y vestuario. Con una fotografía quizás demasiado estridente, la dirección artística se mueve entre lo carnavalesco de algunos interiores y el anticipo “sucista” de los exteriores. Y no todo el elenco consigue dar credibilidad a sus personajes.

Da igual. Duelo de titanes es otra película más que cuenta el legendario tiroteo de O.K. Corral, aquel en que los hermanos Earp se enfrentaron a los Clanton. Así, el espíritu primigenio es ensalzar el exageradamente heroico espíritu del Lejano Oeste. Y para ello se nutre de la narración de la amistad entre un hombre de ley y un truhán de taberna.

Y ahí es donde surge la magia de Hollywood. Porque Duelo de titanes dista mucho de ser una película perfecta. Pero la protagonizan Burt Lancaster y Kirk Douglas, dos monstruos del cine, dos descomunales estrellas que trascienden la pantalla a partir de su infinito carisma. Así cualquier historia mejora sobremanera.

Si a eso unimos unos cuantos diálogos de altura, un par de escenas épicas, ciertas pretensiones formales un tanto expresionistas, el tiroteo final y una de las mejores canciones cinematográficas de siempre, nos encontramos con una película que, a pesar de sus muchas carencias, aún se ve con deleite y, en ocasiones, entusiasmo.

Porque, en los 50, si bien los guiones ya no eran tan buenos como en los 30 y 40, aún existían grandísimas estrellas. Así se construyó Hollywood, esa industria que ahora ya no sabe encontrar, o crear, figuras de la talla de Kirk Douglas y Burt Lancaster.