Ultras

El pasado martes, mientras un tren de cercanías estuvo detenido largo tiempo en la madrileña estación de Pirámides, los pasajeros vieron asombrados a un grupo de ultras ondeando banderas franquistas muy cerca de las vías. La versión oficial habla de que se trató de una avería, pero ¿lo fue? El asunto no trascendió ni apareció en las noticias.

Sí que aparecieron los incidentes del pasado lunes en la Comunidad Valenciana, cuando manifestantes de uno y otro extremo –al final son lo mismo, pura negación de la democracia, del otro– se enfrentaron en las calles como si quisieran jugar a los seis primeros meses de 1936.

Sin embargo, no debemos pensar que la aparición de ultras se debe únicamente al intento de cisma catalán, ese absurdo que está dividiendo Cataluña y enardeciendo ánimos en toda España. En Francia, por ejemplo, el Frente Nacional sigue ganando apoyos ante el asombro y el miedo del resto de Europa. La entrada de la ultraderecha en el parlamento alemán es una pésima noticia que debería alertarnos a todos: para muchos es fácil olvidar quiénes fueron Petain y Hitler.

La gran diferencia es que tanto en Francia como en Alemania tienen claro cuál es el enemigo común. Emmanuel Macron, como antes Chirac, derrotó al monstruo fascista –fascismo es extrema izquierda más nacionalismo– con el 66% de los votos de la segunda vuelta. Suficiente aunque, desde el sentido común, exigua ventaja. Y Merkel está dispuesta a pactar con Los Verdes para aislar a los neonazis -¡Neonazis en Alemania! ¡Menuda es la naturaleza humana!–.

Por mucho que los americanos intenten convencernos de las bondades de su país, no se vive en ningún sitio como en Europa. Nuestro Estado de Bienestar –en peligro por muchas razones, en necesidad de una profunda reforma para asegurar su supervivencia– nos asegura una calidad de vida superior a la del resto del mundo.

Pero ahí tenemos el peligro de los extremismos, siempre populistas, a menudo asociados a nacionalismos excluyentes, cuasi-racistas, que odian el sistema y quieren implantar no se sabe si utopías disparatadas o un caos surgido de la propia caída de nuestras instituciones y la transgresión de nuestros valores.

En ese sentido, en el asunto catalán la CUP es de las pocas organizaciones que está actuando coherentemente con su propia ideología –de mierda, dicho sea con todo el respeto–. Son antisistema y, para empezar, desean acabar con una Cataluña española. Lo tremebundo, lo asombroso, lo inopinado, lo delirante, es cómo el resto del independentismo catalán se ha entregado a sus formas y disparates. Puigdemont, el martes, esgrimió la pantomima del 1 de octubre como un referéndum que legitimaba su postura. Tardá, el mismo que se despidió de España el 1-O, actuó en el Congreso el pasado miércoles desde la defensa descarada de los actos ilegales –contra las leyes tanto españolas como catalanas– del Govern y el Parlament.

En España no tenemos aún muy claro quién es el enemigo de la democracia al que todos debemos combatir. Los defensores catalanes del orden se han entregado a la sinrazón populista y fascista de la CUP, se han dejado llevar por la ideología antisistema, en un claro y marxiano intento de suicidio colectivo.

Cualquier otra manera de ver el asunto es errónea. Aunque estemos rodeados de enanitos intelectuales, en política y periodismo, debemos recordar que hay una clara línea de separación entre los defensores de la ley y los enemigos del sistema. Así, es fácil diferenciar por dónde cojea cada cual, y uno espera que la gente de bien por fin se dé cuenta de qué quieren realmente muchos líderes políticos, como Anna Gabriel y Pablo Iglesias.

Escribe Salvador Monsalud que debemos desconfiar de todos aquellos que usan machaconamente democracia y libertad como bandera, pues son los principales enemigos de los dos conceptos. Cuando algunos, en la calle, en el Congreso o en el Parlament, afirman que hay democracia más allá de la ley, debemos echarnos a temblar y buscar compañeros de viaje contra el enemigo común.

Sí, hay ultras de todo pelaje. Y aprovecharán cualquier ocasión para dejarse ver y hacer ruido. Pero los demás somos inmensa mayoría, en Madrid, Barcelona y Villadiego. Convenceremos siempre que recordemos que somos los buenos y recapacitemos sobre cuáles son los auténticos valores sobre los que se sustenta nuestra democracia.