Blade Runner 2049

Esta crítica no contiene spoilers.

En 1982, ¿quién podría haber pensado que Blade Runner, fracaso de taquilla, iba a tornar en película de culto primero y en fenómeno de masas después? Al filme de Ridley Scott, uno de las mejores de la Historia, le costó despegar, pero ahora es uno de esos objetos que van más allá del sentido común para aunar pasiones y entregas incondicionales.

De ahí que Blade Runner 2049, segunda parte, esté condenada a dividir a los fans entre los que los que la encuentren digna de su predecesora y los que la consideren una herejía. Pero su estreno ha trascendido esta simple división de viejos aficionados: sé de mucha gente que ha ido a ver esta secuela solo por su enorme repercusión mediática –a veces después de haber visto la original en los últimos meses, en bastantes sin siquiera haberla catado–.

Precisamente, lo primero que hay que tener en cuenta es que Blade Runner 2049 es una auténtica segunda parte cuya trama engarza con la primera. No creo que sea mínimamente entendible si no se vieron aquellas memorables escenas protagonizadas por Harrison Ford.

Más allá de este detalle, importante, Blade Runner 2049 es un magnífico espectáculo visual que, valga la redundancia, magnifica, extiende, el distópico mundo del futuro que ya conocíamos, un mundo sucio, hiperpoblado, decadente y contaminado, un mundo desolador y desolado. Aquí, además, salimos de la gran ciudad para conocer unos alrededores tan áridos como deprimentes. En ese sentido, el filme está a la altura de su predecesora.

Además, durante dos horas de su larguísimo metraje, el filme dirigido por Denis Villeneuve cuenta una historia densa, de escenas largas y morosas, sobre un nuevo “blade runner” que también se enfrenta a un caso extraño que despierta preguntas y levanta inquietudes. Joe K, nuestro protagonista -poco o nada kafkiano-, se enfanga en su investigación para deleite de los viejos fans de la recién nacida saga –por muchas versiones que tenga la primera es una sola película–.

Pero este espléndido espectáculo escenográfico, fotográfico y de efectos se viene abajo en sus últimos tres cuartos de hora, cuando el complejo guión llega a un callejón sin salida y se entrega a una “batalla final” más propia del cine taquillero del siglo XXI que a aquel fracaso económico de 1982. Modos nuevos e impropios de Blade Runner y del propio Villeneuve.

A pesar de los pesares, para muchos Blade Runner 2049 resultará imprescindible. En pocas ocasiones se encuentra un espectáculo tan ambicioso, tan soberbio, tan estremecedor. Pero su fondo, al final, se muestra tan fofo como las dos figuras antagonistas que, mal que bien, nos presenta el largometraje.

En Blade Runner la música de Vangelis era un alarde de sutileza, de impecable banda sonora al servicio de la historia. En Blade Runner 2049, empero, la música de Benjamin Wallfisch y Hans Zimmer camina entre la violencia y el estruendo y, si sirve a la trama, es desde la perturbación y el agotamiento, nunca desde la emoción.

Quizás esta sea la principal diferencia entre una y otra película. Ahora hay más medios, más espectacularidad, más ruido, pero con tanto fragor apenas queda espacio para la delicadeza, para la poesía.

Eso sin contar el mediocre final de Blade Runner 2049, este sí infinitamente inferior al de su hermana mayor.

P.S.: Virtud importante de Blade Runner 2049 es su elenco. Destacan: Ryan  Gosling, estrella y actor, que aguanta –¿supera?– a Harrison Ford; y Ana de Armas, “encarnación” del personaje más fascinante y perturbador del filme. Lástima que Sylvia Hoeks y Jared Leto carezcan de personajes de mayor peso.