Humanos y replicantes

A unas pocas horas de ver Blade Runner 2049 -de la que hablaré el próximo martes- siento el agradable cosquilleo de los grandes acontecimientos cinematográficos. En preparación de la "fiesta", anoche volví a ver Blade Runner, en este caso el montaje final -personalmente, prefiero la versión original, con su voz en off-, y disfruté enormemente con uno de los mejores filmes de siempre.

Lo curioso de Blade Runner -como sucede con gran parte de las mejores películas de ciencia ficción- es que, oculta tras el argumento, tras las balas, tras la escenografía, se esconde una profunda reflexión sobre quiénes somos, qué nos hace humanos, y qué sentimos ante nuestra propia mortalidad, esa que Unamuno llamaba la gran Esfinge.

La pregunta sobre nuestra propia humanidad se refleja en la filosofía de todas las épocas. Es la pregunta de preguntas, pues de ella nace el qué debemos hacer. Algo tan esencial para nuestra peculiar naturaleza en gran medida ha desaparecido del entorno, probablemente por el acoso y derribo sistemáticos que las Humanidades reciben en cualquier sistema educativo.

El cine, reflejo de su tiempo, también parece ajeno a esta gran pregunta. Y es en la ciencia ficción, con personajes como HAL en 2001: Una odisea en el espacio, Ripley en parte de la saga Alien, o Neo en Matrix, donde se plantea la cuestión de cuestiones, quizás porque en lo improbable nos encontramos más cómodos a la hora de enfrentarnos a la esfinge.

Y ahí Blade Runner, la de 1982 en todas sus versiones, se coloca como la quintaesencia de la ciencia ficción de altura, esa que construyeron Philip K. Dick, Arthur C. Clarke y Stanislaw Lem, entre otros.

Deckard, el protagonista, es un humano cualquiera -¿seguro?- que cumple con el trabajo más desagradecido del mundo. Esos replicantes a los que persigue, tan perfectos en apariencia y tan humanos en inteligencia artificial, a menudo se comportan más humanamente que los primates que aparecen en el largometraje.

Los replicantes, como auténticos humanos, tan solo quieren vivir, sobrevivirse, superar su edad de caducidad/muerte. Y Roy Batty, que se nos presenta como el supuesto villano del grupo al que persigue Deckard, tras asesinar a su creador, se redime salvando en el último momento al personaje encarnado en Harrison Ford.

Momento clave de una película tan apasionante en todos sus elementos cinematográficos como profunda, tenebrosa y enigmática en su planteamiento filosófico.

Puro cine de altura que, aunque nos recuerde que somos simples lágrimas en la lluvia, también propone que, después de todo, estamos vivos. Y Deckard, al final, se encamina a una nueva vida a la que, espero que bien, le han dado continuidad con una segunda parte.

De momento, ilusionado.

P.S.: Desde sus carencias culturales y/o intelectuales, muchos críticos encuentran en el cine filosóficamente ambicioso el sustituto a las demás artes. El cine, para mí, es más entretenimiento que otra cosa. Si quiero pensar o aprender, encuentro mucho más en los libros o en conferencias, en lo que tienen que enseñar los más sabios. Pero cuando una película da en el clavo supone una soberbia experiencia humana en la que confluyen presencia estética y dilema ético. Ocurre lo mismo con los grandes poemarios, novelas y ensayos.