Kingsman: El círculo de oro

El cine, como cualquier arte, admite diversos tonos, matices y enfoques. A menudo, empero, olvidamos que, como medio esencialmente dinámico, la acción es uno de los asuntos cinematográficos más complicados. Es habitual toparse con películas de muchos millones y/o ínfulas que fracasan a la hora de presentarnos escenas de acción que consigan combinar con éxito la espectacularidad con la coherencia.

John Ford, el más grande entre los grandes, era capaz de rodar planos secuencias como el de Dos cabalgan juntos, besos como los de El hombre tranquilo, magistrales planos líricos como el de la flor sobre el ataúd de El hombre que mató a Liberty Valance. Pero, también y sobre todo, era único a la hora de afrontar las escenas de acción: basta con recordar la espléndida persecución de La diligencia, magistral “cartilla” de lo que debe ser el gran cine de acción.

En 2014 llegó a las pantallas Kingsman: Servicio secreto, parodia de las pelis de James Bond que combinaba, como la primera entrega de Los Vengadores, el humor con la acción. Y, al margen de dos secuencias magistrales –una al son de Free Bird, la otra al de Pompa y Circunstancia–, destacó sobremanera porque sus escenas de acción parecían romper moldes con un inusitado mas hábil movimiento de cámara y un ejemplar manejo del montaje y los efectos especiales.

En Kingsman: El círculo de oro, segunda entrega de las aventuras de estos peculiares agentes al servicio de su majestad británica, Matthew Vaughn –también director de la primera entrega, de X-Men: Primera Generación y de Kick-Ass: Listo de machacar– ha dado un paso más a la hora de presentarnos las escenas de acción, ahora frenéticas secuencias de puñetazos, tiros, explosiones y saltos imposibles mostrados con una lucidez solo al alcance de los más grandes realizadores.

La secuencia inicial del taxi londinense y la gran batalla final juegan a buscar nuevos encuadres y a llevar la combinación de montaje, efectos e imaginación a extremos jamás vistos. Pocas veces me ha asombrado tanto la pura acción, espectáculo pleno y perfectamente inteligible con los modos un tanto “espídicos” del cine contemporáneo. Acción espléndidamente enriquecida con buenos y constantes golpes de humor –cinco o seis de ellos absolutamente memorables–.

Por eso apenas importa que la trama haya perdido la capacidad de sorpresa de la primera; o que el filme se alargue demasiado –no quiero pensar en los 80 minutos de más que tenía el montaje original–; ni que la villana y otros personajes secundarios sean más irritantes que ocurrentes; ni que se juegue sistemáticamente a las improbables resurrecciones; ni que se echen en falta escenas tan soberbias como las citadas en el tercer párrafo; etc.

Kingsman: El círculo de oro, inferior a su predecesora, mantiene la espléndida puesta en escena, el espíritu gamberro –carga velada mas aceradamente contra los nuevos tiempos–, el elenco sobresaliente, la reconfortante mezcla de humor y acción. Pero destaca sobre todo por tratarse, en algunos momentos concretos, de un espectáculo visual de primer orden. Pues también en lo puramente espectacular existen los capaces y los incapaces: en este sentido, Matthew Vaughn podría dar clases a más de uno.

En resumen, me lo pasé estupendamente bien aunque al filme le sobren tres cuartos de hora.