Referendos

“Los que emiten los votos no deciden nada; los que cuentan los votos lo deciden todo”. Stalin

Cuando ocurren tragedias como la del terremoto en México o la de los huracanes en el Caribe, uno podria pensar que la desgracia común ayudaría a que los gobernantes del globo recobrasen la cordura. Después de todo, la teoría nos dice que el que manda lo hace en beneficio del pueblo. En lugar de eso, numerosos mandamases de medio mundo parecen empeñados en perseguir estúpidas quimeras antes que enfrentarse a los problemas reales de la gente y del planeta.

Ahí tenemos, por ejemplo, a los iluminados que defienden un referéndum para conseguir la independencia de Cataluña, en lo político, y su ruina, en todo lo demás.

Curioso esto de los referendos. Por ejemplo, Hitler consiguió la fusión de los cargos de canciller y presidente tras un referéndum de19 de agosto de 1934. Pero como solo ganó con el 88,1% de los votos, en las elecciones/referéndum de 1936 los nazis llegaron al 98,80% del total de votos emitidos (los disconformes solo llegaron al 1,20%). Y en las elecciones/referéndum de 1938 alcanzaron el 99,01%.

Franco, siempre vivo en el aprendizaje, también recurrió a referendos en dos ocasiones. El 6 de julio de 1947 el 93% de los españoles aprobó la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Y el régimen franquista consiguió que el plebiscito sobre la Ley Orgánica del Estado fuese apoyado por el 95,06% de los votos en 1966.

También en la Unión Soviética recurrieron a las consultas populares para legitimar el despotismo. Por poner solo un ejemplo, tras la reforma constitucional de 1936, Stalin consiguió que los comunistas y los llamados independientes alcanzasen el 99,3% de los votos en las elecciones legislativas/referéndum de diciembre de 1937. Claro que no tenían rivales. Pero, para guardar las apariencias, se afirmó que había un 0,7% de disconformes.

Resulta harto revelador cómo, desde 1918, hayan sido más los sistemas totalitarios los que han recurrido a referendos o similares. Al tener asegurado el resultado deseado, es un medio propagandístico óptimo para, desde una victoria aplastante, “venderse” ante el mundo entero que, en muchos casos, se tragaba -y traga- el espectáculo circense con sumisión y pleitesía.

Pero un referéndum que se celebre sin las mínimas garantías para asegurar la participación ciudadana en completa libertad carece por completo de legitimidad –por algo existirán los observadores internacionales, ¿no?–. Y el asunto empeora sobremanera si se obvia la ley para convocarlo, como ha hecho el Parlament de Cataluña.

Ignoro si Hitler, Stalin o Franco anunciaron antes de tiempo los resultados. Pero en Cataluña, ahora, asombra cómo algunos –por ejemplo, Oriol Junqueras en sus labores de Consejero de Hacienda y Economía– se comportan como si ya hubiesen ganado el referéndum, como si ya fuesen independientes. Y que algunos, en España, defiendan esto, por muy torpe y/o lenta que sea la respuesta del Gobierno de España, recuerda a aquellos intelectuales y políticos de izquierdas que, en los años 20, 30, 40, 50… defendían –o defienden– los modos de la Unión Soviética de Stalin… o de Lenin.

Y, mientras tanto, terremotos y huracanes continúan recordándonos que somos simples mortales con muchos asuntos realmente importantes que solucionar.