No es lo mismo, no puede serlo

Dentro del caos político y legal que, en líneas generales, fue la II República, destacan dos momentos en que los iluminados decidieron saltarse la ley a la torera: en octubre de 1934 Lluis Companys declaró el Estado Catalán de la República Federal Española (1) y en Asturias tiraron por la revolución de inspiración bolchevique; en julio de 1936 los “hotros” dieron un golpe de Estado que devino en Guerra Civil y dictadura.

Si saco a colación tan escabrosos sucesos históricos se debe a que muchos conocidos comparan la situación actual de Cataluña con los desmanes de la II República. Evidentemente, lo que ahora acontece se asemeja a aquello en el desafío temerario, en forma de quiebra absoluta, al imperio de la ley. Los líderes del independentismo catalán han vulnerado incluso sus propias leyes –las decididas por su Parlament– para forzar la convocatoria del referéndum del 1 de octubre. Y, en su disparatada huida hacia delante, da la impresión de que se pasarán por el forro cualquier decisión que vaya en contra de su despótica voluntad.

Pero, más allá de la vulneración interesada y tiránica de la ley, apenas encuentro más semejanzas. Me gusta pensar que hoy nadie cogería un fusil para defender a su bando, por mucho que nunca debamos infravalorar el poder del odio.

Aparte, el que ahora estemos inmersos y protegidos por el marco legal y político europeo invita al optimismo. Lo peor que puede pasar es que, como satiricé aquí mismo la semana pasada, estos perturbados terminen arruinando una Cataluña independiente y trágicamente aislada.

Pero hay otra diferencia que entristece sobremanera. En el debate sobre la Ley de Transitoriedad de la semana pasada Joan Coscubiela se opuso a la infracción del reglamento y demás trampas legales con unos modos que, a muchos, nos recordaron el “venceréis pero no convenceréis” que don Miguel de Unamuno soltó en Salamanca el 12 de octubre de 1936. Salvo dicha intervención, Coscubiela camina a años luz del genial creador de Niebla.

Hace un año, un docto sabio de universidad afirmó que el clima cultural e intelectual de la España de la II República no podía compararse con el de la República de Weimar. Personalmente, creo que el sujeto no era docto ni sabio, ni sabía de qué narices estaba hablando.

Quizás aquí nunca tuviésemos a unos hermanos Mann, pero por entonces aún estaban vivos, sin radicalismos, los hermanos Machado. Quizás el cine de Florián Rey no esté a la altura del de Fritz Lang, pero tampoco los medios con los que rodó Nobleza Baturra y Morena Clara.

Sí, quizás los alemanes eran más guapos, más rubios… y su fama internacional sea infinitamente superior a la de los españoles. Pero, allá por 1934, en España vivían y creaban intelectuales y artistas de la talla de Ortega, Madariaga, Américo Castro, Menéndez Pidal, Baroja, Valle-Inclán, Pedro Salinas, Jorge Guillén, García Lorca, Luis Buñuel, Jardiel Poncela, Mihura, Ramón y Cajal, Eduardo Torroja, Pablo Gargallo, Ignacio Zuloaga y un eterno etcétera al que habría que unir a aquellos españoles que vivían más allá de nuestras fronteras, como Picasso o Severo Ochoa.

También había periodistas de primer orden como Chaves Nogales, Pla o Gaziel.

Y eso es lo que ahora realmente echo de menos. ¿Dónde está ahora ese talento español y/o catalán que tanto iluminaba en el pasado este triste y apartado rincón de Europa? Más allá de la escasa calidad de nuestra clase política, no atisbo muchos nombres capaces de enfrentarse, desde la inteligencia y la mesura, al aparentemente insoluble problema al que nos enfrentamos.

Y así, sin intelligentsia, es difícil afrontar el dilema de lo que es España y de lo que algunos pretenden que deje de ser; algo que torna en imposible si lo que deseamos o buscamos son soluciones.

(1) Algún jurista debería explicar que nuestras Comunidades Autónomas tienen más poder que cualquier land alemán. Somos un auténtico Estado Federal con un nombre muy raro y sumido en la tremenda confusión de competencias de ida y vuelta.