Terror en el cine

En los últimos tiempos crece sobremanera la moda de encerrarse en una Escape Room para, en una hora, resolver unos cuantos enigmas y conseguir salir a tiempo de la habitación. Por supuesto, existen variantes del juego en los que se potencia la sensación de miedo a través de, por ejemplo, la típica casa encantada o el acoso de unos zombies.

Al contrario de lo que argumenta un lumbreras de la prensa escrita, el miedo no es la más humana de las emociones. El miedo activa el sistema límbico que, si no me equivoco, es común a todos los animales superiores: peces, aves, reptiles… todos sienten miedo porque de ello depende su propia supervivencia.

Lo que ningún otro animal conoce es el gusto por el terror como entretenimiento, como potente chute de adrenalina a partir de una a priori sensación desagradable. Al igual que existen enamorados de los deportes de riesgo, hay legión de aficionados al género de terror, ya sea en el cine, la televisión, los videojuegos o cualquier soporte que se nos ocurra.

En cine, el terror, un género que admite un sinfín de subgéneros, es una de las apuestas definitivas de las productoras porque, casi siempre, las películas compensan con creces la inversión. Cada vez se estrenan más películas de terror y, como ocurrió el pasado fin de semana con It, un solo estreno impide que se saque a la luz ninguna otra película mínimamente atractiva y /o bien distribuida.

Desde el nacimiento del cine el terror ha tenido cabida en las salas. Por ejemplo, en 1910 ya se rodó una versión de Frankenstein que hoy produce más ternura que horror. Por el contrario, Nosferatu (1922), versión del Drácula de Bram Stoker, aún produce un nada placentero desasosiego.

Por suerte para los amantes del género en su versión antigua, las grandes películas de los años 30 y 40 sobre Drácula, el monstruo de Frankenstein, el hombre lobo o la Momia siguieron el ejemplo de Murnau, director de Nosferatu. Son películas en las que el terror, más que en el efecto repentino y fugaz, se basa en la creación de una atmósfera que roza el concepto de lo sublime que conmovió y movió a los románticos. Son filmes que nos enfrentan a lo sobrenatural, a nuestra propia mortalidad, a nuestro miedo más primigenio.

El cine de terror nunca ha desaparecido del mapa, con ejemplos tan loables como Psicosis, El resplandor, La semilla del diablo o Alien, y otros no tanto como los ya anticuados filmes de la Hammer. Pero, en cualquier caso, antes de apostaba más por la creación de atmósferas que por el susto en cadena, por la sangre, por el efecto visual y/o de sonido.

Nunca me ha gustado en demasía el género del terror, ni en cine ni  en ningún otro medio. Pero, porque me cansa y agobia más que me estremece, el nuevo cine de miedo, tan ruidoso y efectista, me nace repugnancia, quizás porque, en lugar de a mi sistema límbico, afecta a mi sentido estético.

En cualquier caso, el cine de terror es uno de los refugios taquilleros que les quedan a las salas de cine. It, estrenada el pasado viernes en medio mundo, ha batido los récords de recaudación en Estados Unidos para una película de terror, incluso para un filme lanzado en la primera semana de septiembre. Stephen King, unos audaces niños y un maligno payaso son elementos infalibles para hacer caja.

No es mi tipo de película, ni lo será nunca. En cualquier caso, es lo que esperan muchos espectadores, a menudo jóvenes, para acudir al cine y pagar la entrada. Como se ha demostrado por su enorme éxito.

Hace un par de semanas hablaba de la basura de estrenos que se habían lanzado en verano. Esa pésima maniobra mercadotécnica sí que da miedo, por torpe y contumaz, un miedo que no afecta al sistema límbico sino a la esperanza, poca, que uno tiene en la capacidad del ser humano para actuar bien y con sentido.

Por lo menos, resulta grato ver que, cuando se estrena algo que el público apetece, aún se acude en masa a las salas de cine.