Persiguiendo a Amy

Tras su sorprendente debut con la inclasificable Clerks, Kevin Smith se dio un porrazo comercial con Mallrats -sí, parece imposible, pero así fue-. Entonces, casi un apestado, tuvo que rodar su siguiente filme, Persiguiendo a Amy, con un presupuesto de un cuarto de millón de dólares, poco más de lo que la había costado Clerks.

Con tan poco dinero, y con tan solo el rostro de Ben Affleck -entonces una estrella en ciernes- como reclamo para el gran público, Smith rodó un filme basado en sus siempre espléndidos diálogos, en largas escenas que tratan de cualquier tema de su particular imaginario y, sobre todo, del amor. Y, aunque no fue un taquillazo, recuperó al director para la causa.

Persiguiendo a Amy cuenta la historia de amor entre dos dibujantes de cómics, él un tipo tranquilo, aún buscando su lugar en el mundo, y ella, una reputada lesbiana del mundillo. Improbable romance que, cuando nace, los convierte en la pareja perfecta hasta que el pasado de ella despierta las inseguridades de él.

Como rara vez se ve en el cine de Kevin Smith, la película se mueve entre dos géneros diferentes. La trama romántica, aunque quiere jugar a la comedia, siempre raya el melodrama, con dos personajes bien construidos pero quizás fallidos en las interpretaciones del habitualmente blandengue Affleck y Joey Lauren Adams, entonces novia del director.

El resto del filme, sobre todo al principio, representa ese submundo, generalmente situado en Nueva Jersey, que tan espléndidamente caracteriza a Kevin Smith desde los tiempos de Clerks. Un mundo completamente posmoderno pero que bien podría enlazar con el absurdo de los hermanos Marx, Jardiel o Mihura.

Y ahí, cuando no se juega al amor, aparecen sus secundarios gloriosos, como el presunto activista afroamericano que, en privado, es un tierno homosexual amante de Star Wars; o los ya icónicos Jay y Bob el Silencioso, que aquí suelta un espléndido monólogo; o el mejor amigo del personaje de Affleck, a medio camino de la misoginia y el crónico infantilismo, magistralmente encarnado en ese Jason Lee que, a mi entender, ha sido desperdiciado por el cine.

Es este mundo "kevinsmithiano" en el que surgen las escenas más memorables de Persiguiendo a Amy -y de todas sus películas-. Entre todas sobresale el diálogo/competición entre dos personajes sobre las consecuencias físicas que pueden nacer del sexo oral: magistral.

En cuanto a la historia de amor, es bonita, con algunas escenas bellísimas, como el plano-secuencia bajo la lluvia. Pero en su desenlace, en forma de diálogo a tres bandas, resulta tan sonrojante como inverosímil, una escena tan larga como decepcionante.

A pesar de ello, Persiguiendo a Amy es una de las mejores películas de Kevin Smith, un intento de hacer algo diferente que tuvo más suerte en taquilla que la mil veces más auténtica -y menos profunda - Mallrats