Juegos de tronos frente al cine suicida

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Ha terminado la séptima temporada de Juego de tronos. Y no ha importado que varios giros del guión no hayan respetado los límites espacio/tiempo; ni que el ritmo vertiginoso haya acelerado los acontecimientos más allá de los capítulos, espléndidos, de las primeras temporadas; ni que las cosas ya no sigan los dictados del genio original, George R.R. Martin.

Aún más, ha dado igual que la séptima temporada de Juegos de tronos se haya estrenado a mediados de julio y haya concluido a finales de agosto. Probablemente ha sido el gran acontecimiento televisivo de 2017, rompiendo así con cualquier visión antañona de las temporadas televisivas.

Probablemente se deba a que Juego de tronos es una de las mejores series de siempre, si no la mejor. La dirección artística, la calidad técnica, la soberbia ambientación, los magistrales guiones… han convertido a GoT en todo un acontecimiento intergeneracional.

Pero, por encima de todas sus numerosas virtudes, destaco dos: por un lado, Juego de tronos se encuentra salpicado de personajes perfectamente construidos, carismáticos y reconocibles –y no solo los evidentes, los protagonistas, sino también esos magníficos lugartenientes (Davos o Bronn) e incluso algunos secundarios como Tormund o Meñique–; por otro, estamos ante una auténtica epopeya, ante un rescate de las más viejas manifestaciones creativas de Occidente: Iliada, Odisea, Eneida

Juego de tronos muestra el nuevo camino de la televisión, o de la producción audiovisual. El capítulo se saca a tal hora de tal día y cada uno lo ve dónde y cuándo quiere. Algo lógico porque muchos sacrifican el espectáculo visual a las prisas por verlo incluso en la minúscula pantalla de un smartphone. Quizás por ello ha dado igual que la séptima temporada se haya estrenado tan tarde.

Juegos de tronos no ha sido la única. La también bonísima Ray Donovan lleva años ocupando el verano. Este año Orange is the new black y House of cards han retrasado el estreno de sus temporadas hasta junio. Y The Defenders no ha salido hasta finales de agosto.

Porque, después de todo, ¿no es en verano cuando tenemos más tiempo libre?

Agosto, tradicionalmente, ha sido uno de los meses más taquilleros cuando hablamos de cine. Entonces, ¿por qué las distribuidoras han llenado este verano, como los anteriores, de pésimas películas? Durante julio y agosto se han estrenado subproductos como Transformers: El último caballero, Rey Arturo: la leyenda de Excálibur –tremebundo fracaso en taquilla–, Descontroladas, Una noche fuera de control, todo culminando en Emoji: la película, considerada la 27 peor de todos los tiempos en imdb.

El cine, da la impresión, se está suicidando. En parte porque la competencia de las nuevas plataformas no solo incluye buenas series sino también películas interesantes. También porque el cine no aprovecha los momentos en que más tiempo tenemos para ir a las salas. Pero, sobre todo, porque sus guiones y personajes no están a la altura del reto: por ejemplo, Tyrion Lannister tiene más enjundia, es más atractivo, es más auténtico que la conjunción de todos los personajes cinematográficos del verano.

A mi entender, estamos ante el fin de una época, ante el comienzo de una nueva manera de hacer “cine”. En Hollywood y colonias apuestan más por la comercialidad de un producto que por la calidad creativa. Algo que, afortunadamente, quizás de momento, se compensa con la buena calidad de numerosas series de televisión. Pronto, si no cambian las cosas, cerrarán muchas salas y nos encerraremos en nuestros salones a ver todo lo que se produzca.

El camino hacia la absoluta autarquía, hacia el total extrañamiento social, es imparable.