La pantomima Mayweather-McGregor

Con los tiempos perfectamente calculados, lejos de los grandes fastos del baloncesto, béisbol y fútbol -americano o no-, de la despedida de Usain Bolt, el final deportivo de agosto se ha dejado para otro de esos “combates del siglo” que, las más de las veces, son simples reclamos publicitarios con resultado decepcionante. Ya se sabe: “Corrida de expectativas…”.

Esta pasada madrugada se ha celebrado -es el mejor verbo para describir tan desleído enfrentamiento- el combate entre Floyd Mayweather, uno de los mejores boxeadores de siempre, y Conor McGregor, fulgurante estrella de las pujantes artes marciales mixtas y campeón del Ultimate Fighting Championship (UFC), con la esperada victoria del primero.

No he visto el combate completo, pero sí unos cuantos vídeos resumen. Una vergüenza. McGregor, supongo que un hacha en su especialidad, no sabe boxear. Ni siquiera mantenía la guardia más de tres segundos seguidos. Y se enfrentaba a un boxeador de peso, valga el mal juego de palabras. No había color -también valga este-.

Así, con golpes más o menos valientes, el espectáculo constantemente ha rondado la farsa. En el plano deportivo ha sido ciertamente insultante. Uno de los grandes blufs de la historia del deporte.

Pero no así en lo relativo a espectáculo y negocio. El boxeo, huérfano de jóvenes figuras mediáticas, necesita nuevos aficionados; es un deporte que ya no arrastra a las masas como antaño. Y la UFC ha aprovechado el tirón de Mayweather para abrirse un poquito más al gran público. Aparte, los dos púgiles -más bien uno y pico- se han forrado por su sanguinolenta perfomance, así como los promotores, patrocinadores, casas de apuestas, etc.

El evento deportivo (?), el espectáculo, ha sido cubierto por medios de más de 200 países del globo. Todas las cifras que lo rodean son astronómicas. De nuevo algún truhán ha sabido vender aire a una multitud de hambrientos consumidores.

El combate Mayweather-McGregor ha sido una pantomima en la que el irlandés se ha llevado unos cuantos golpes. Tenebroso y suculento espectáculo que muestra a las mil maravillas el mundo vacuo y artero con el que disfrazamos la más prosaica, o aterradora, realidad.

Ciertamente, tiene mucha más credibilidad y poesía Juego de tronos.