Viejas y nuevas religiones

Tolstoi, como después su “discípulo” Gandhi, afirmó que a la postre todos creemos en el mismo Dios, pero que el problema comienza cuando nace la religión. Ahí, según el inmortal creador de la infinita Anna Karénina, surgen los problemas, pues la mayor parte de las religiones organizadas tienden a excluir a los no creyentes. Es decir, los gentiles para los judíos, los infieles para los musulmanes, los paganos para los primeros cristianos, etc.

Aunque en la Antigüedad el concepto de religión fuese mucho más abierto y tolerante, desde siempre se han cometidos asesinatos y ejecutado personas en aras de este o aquel dios. Si no, recordemos al “impío” Sócrates, empecinado en beber la cicuta para respetar las leyes de su querida y piadosa Atenas.

Pero es a partir del ingente crecimiento del Cristianismo cuando la religión entra en nada sacrosanta comunión con el Estado y comienza a utilizarse como herramienta política. Pero ni los romanos mataron a tantos cristianos ni se ejecutó a tantos herejes durante la Edad Media. Fue a partir del nacimiento de los grandes intransigentes, como Savonarola, Lutero o Calvino cuando las cosas se pusieron auténticamente calientes en la Cristiandad europea.

El Islam también nació como religión exclusiva, negadora de todas las demás como heréticas e imperdonables. Y, aunque en sus guerras de expansión se cometieron matanzas y crímenes, al principio encontramos comunidades de diversas creencias conviviendo en Córdoba, Damasco o Bagdad. No creo que Averroes, siempre cauto, más con el poder que con la religión, corriese más peligro que Guillermo de Ockham.

En cualquier caso, creer en un dios no supone ningún mal. Aún más, como dijo Tolstoi, y después Gandhi, “Dios es vida”. El problema comienza cuando una determinada creencia se organiza, tiende a la exclusividad y, sobre todo, se radicaliza. El mal está en el fanatismo que, como predijo Kapuscinski, se ha convertido en una de las principales amenazas del siglo XXI.

Los fanáticos islamistas que atacan allí donde pueden aniquilar y aterrorizar no representan a la comunidad musulmana, a la ummah –de la que, por otro lado y por definición, estamos excluidos todos los que no creemos en Alá–. Del mismo modo, los ataques contra musulmanes perpetrados por supuestos cristianos no representan a la Cristiandad –actualmente menos proclive a excluir a nadie–.

Así, en lugar de ponernos a insultarnos los unos a los otros, deberíamos sentarnos a ver cómo narices vamos a convivir pues, si queremos respetar las reglas del juego que nos hemos impuesto, estamos condenados a entendernos en este mundo globalizado. Ahí es donde deberían replantearse algunas cosas, pues en el siglo XXI no tienen cabida concepciones de la religión como la de Arabia Saudí o como la de algunas corrientes cristianas, ya sean católicas, protestantes u ortodoxas.

Más preocupante, empero, entiendo las nuevas “religiones”. El viejo concepto del dios de Tolstoi, y de Gandhi, ya no se lleva. Pero el ser humano necesita creer en algo, aunque sea en su nación, su artista favorito o el Atlético de Madrid. Y, desde las carencias intelectuales y culturales derivadas de la perversa educación, es fácil que todas estas nuevas creencias deriven en sus consecuentes fanatismos.

Así, muchos de los independentistas catalanes suspiran por un concepto tan etéreo pero tan poderoso como el divino. En el caso de la CUP, a su catalanismo se une prurito radical e insaciable por la revolución anticapitalista. Pues los populismos, en cualquiera de sus vertientes, son fanatismos encubiertos –quizás por eso el intento de reivindicar la figura del desalmado Lenin o la presencia de cruces gamadas en las calles de Charlottesville–.

Muchas pensaban, tras la caída del Muro –¿Hacia qué lado, querido Coucheau?–, que comenzaba un mundo más tolerante y pacífico. Incapaces, no concebían que el alma humana necesita creer en algo, mejor si concreto y básico, y, sin la suficiente ascendencia de personajes capaces y mesurados, que tiende a radicalizarse a costa del otro, del semejante, del prójimo.

Por ahí proliferan numerosos nuevas creencias fanáticas con muchos tintes de lo peor de la religión: nacionalismos, sexismos, racismos, fundamentalismos, radicalismos políticos, etc. Pero, si queremos mantener la esperanza, debemos considerar que son movimientos minoritarios, de vez en cuando apoyados en la ignorancia de la mayoría.

Pues, como dijo Gandhi: “Cuando me desespero, recuerdo que a través de la historia, los caminos de la verdad y del amor siempre han triunfado. Ha habido tiranos, asesinos, y por un tiempo pueden parecer invencibles, pero al final, siempre caen”.