Jerry Lewis

Recuerdo, cuando chico, lo mucho que disfrutaba con las películas de Jerry Lewis –era una época en que su apellido, como el de Carl, se pronunciaba “legüis” y no “luis”–. Claro descendiente de la slapstick comedy del cine mudo, el actor, director y productor me arrancaba una carcajada tras otra. Puede decirse que era mi cómico favorito, incluso por encima de Charles Chaplin o Harpo Marx.

Antes de convertirse en icono, Jerry Lewis trabajó en los más variopintos y humildes empleos. Con 20 años, cuando se cruzó con Dean Martin, ambos dieron el salto hacia la fama. Primero, en el teatro, con un número en el que modernizaban el viejo enfrentamiento entre payaso listo y payaso tonto; después, en el cine, cuando rodaron más de quince películas en el mismo tono paródico, y lejano incluso para mi yo infantil, que Bob Hope y Bing Crosby.

Fue tras su separación de Dean Martin cuando Jerry Lewis comenzó a tomarse en serio su propio papel de comediante. A menudo se situó tras las cámaras y produjo un buen número de sus propias películas. Sus títulos más recordados son Yo soy el padre y la madre, El botones, El ceniciento y, sobre todo, El profesor chiflado, ocurrente recreación cómica del mito del Doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Curiosamente, tuvo mucho más éxito de taquilla junto a Dean Martin que en solitario. A pesar de ello, en Francia –aduciendo cierta e inopinada carga crítica de sus filmes– aclamaron su “nueva” comedia, digna heredera del mejor cine cómico norteamericano de los años 20, 30 y 40. Jerry Lewis, a distancia, quizás fue el último descendiente de los grandes Chaplin y Buster Keaton.

Muy a mi pesar, reconozco que mi pasión por las pelis de Jerry Lewis ha decrecido con el tiempo. Como me sucede con Hope, Red Skelton y, en menor medida, Danny Kaye, ya no me hacen tanta gracia sus torpezas y sus voces que, para mí yo adulto, a veces resultan irritantes.

En la misma línea de humor, encuentro mil veces más divertidas las tres escenas de pesca de Rock Hudson en Su juego favorito –la dirección de Howard Hawks siempre ayuda– que cualquiera de los números cómicos de Jerry Lewis. Cuando intenté revisitar sus viejas películas, solo conseguí terminar El profesor chiflado.

A pesar de todo, hay que reconocer que Jerry Lewis sentó las bases para los numerosos cómicos que, de algún modo u otro, siguen sus pasos entre el histrionismo y el tomarse demasiado en serio la comedia. Adam Sandler, Owen Wilson o Ben Stiller, por ejemplo, son descendientes directos de Jerry Lewis. Que cada cual decida si es para bien o para mal.

En cualquier caso, Jerry Lewis forma parte de mis más bellos recuerdos cinematográficos de la infancia y primera adolescencia, y por tanto fue elemento esencial para nacer en mí el amor por el séptimo arte. Ahora, empero, prefiero el humor de Groucho –¿Cuarenta años sin él? No creo, pues hoy más que nunca su magisterio está presente en este mundo marxiano–, Woody Allen, Homer Simpson o Matt Stone y Trey Parker. Supongo que con la edad uno pierde su gusto por la comedia simplona de un humor demasiado blanco en su, para mí, vacuidad.

Descanse en paz.