Terror, dolor y sinrazón

Uno de los escasos efectos beneficiosos de cada uno de los atentados terroristas, de las pocas cosas que consiguen que uno se reconcilie con la humanidad, es la multitud de respuestas solidarias, conciliatorias, hermosamente generosas que se presencian por doquier.

Así, tras los atentados de Barcelona y Cambrils, de nuevo hemos asistido a masivas muestras de hermanamiento y compasión, no solo en España sino también en el resto del mundo. Ante la sinrazón de unos cuantos pirados, la raza humana muestra que sigue siendo mayormente bienintencionada.

Algo bien difícil porque ante el dolor tremebundo, ante el dislate homicida de unos cuantos energúmenos, siempre cuesta mostrarse mesurado. ¿Cómo responder desde la razón y la mesura ante lo desmesurado irracional?

Supongo que por eso, también, menudean por las redes sociales -como dije, la nueva ágora- y algunos medios de comunicación las respuestas llenas de incomprensión, discordia y, a menudo, odio.

Odio que intenta razonar, desde la propia sinrazón, cuáles fueron los auténticos motivos que provocaron los atentados; odio que busca culpables, cómplices, en aquellos que no terminaron de hacer bien las cosas; odio que incide en las diferencias para ahondar en los efectos negativos del terror; odio que responde al propio dolor y que busca explicaciones y soluciones donde no las hay.

A pesar de que, me gusta creer, predominan las respuestas humanas a la inhumanidad terrorista, me preocupan sobremanera estos ejercicios de discordia y odio que veo en internet o la tele, o escucho en la radio. La naturaleza humana tiende a la injusticia egoísta, pero para eso se supone que sirve la educación y el sentimiento de pertenencia a un único mundo.

Claro que nada resulta fácil cuando uno viene y distingue entre víctimas catalanas o españolas, o cuando otro mira hacia otro lado cuando le tienden la mano, o cuando nuestros prebostes continúan con su ignominiosa competición de mostrar quién mea más lejos.

Tras el ataque a todo lo humano que representan terroristas y demás negadores del otro, el bien -nunca un camino fácil- debe empujar a la comprensión, a la compasión, a la unidad en el dolor del luto que todos compartimos.

Cualquier otro camino solo consigue que los malos se apunten otro tanto. Porque, al final, en esta batalla con una única parte beligerante vencerá la postura más lógica, moderada y, sobe todo, humana.

Aunque solo si conseguimos permanecer unidos.