Catetos, Cristiano y Elvis

Encantado de haberse conocido, Will lleva acudiendo a los International Summer Programmes de Cambridge desde hace 25 años. Se puede decir que conoce casi todas las obras de Shakespeare, verso por verso, línea por línea. Pero jamás se ha acercado a una novela de Richard Ford, a un cuento de Raymond Carver, a una obra de Arthur Miller, a una serie de David Simon. Aún más, no sabe muy bien quién es Moliere ni consigue situar en tiempo y lugar a Petrarca.

Will es el más conspicuo representante de la treintena larga de estadounidenses con los que me he cruzado en las últimas semanas, Siempre arrogantes, encuentran enorme interés en contarte los problemas de sus barrios o pueblos –inconscientemente, homenajean a Alberto Caerio cuando escribió aquello de “El Tajo es más bello que el río que pasa por mi aldea,/ pero el Tajo no es más bello que el río que pasa por mi aldea/ porque el Tajo no es el río que pasa por mi aldea…– y, cuando les dices que eres español, son capaces de explicarte cómo somos por los cuatro días que pasaron en Madrid, Barcelona o Andalucía.

Con carrera universitaria, clase media-alta o superior, sorprende sobremanera ver cómo la mayoría de ellos apenas se ha enterado de lo ocurrido en Charlottesville el pasado fin de semana. Y casi ninguno tiene idea de lo que desde entonces ha soltado el pico de oro de Donald Trump. Es más, no les importa demasiado.

Pero, casi todos de ideas progresistas, lamentan que Trump sea presidente de los Estados Unidos, a pesar de que sean incapaces de explicarte cómo ganó las elecciones del pasado noviembre. Y consideran como un asunto muy menor la existencia de esos supremacistas blancos de pesadilla (1).

Así van las cosas en Estados Unidos: ciudadanos supuestamente preparados, con la voluntad y el dinero de acudir a Cambridge –a menudo durante años y años–, tienen enormes carencias en eso que antaño se llamaba cultura general y hogaño también ha desaparecido en el viejo Continente.

Pero no cometamos el error de ser como un arrogante garrulo norteamericano. Ahí tenemos a multitud de madridistas protestando por la sanción de cinco partidos a Cristiano Ronaldo por haber empujado a un árbitro. Leve empujón, cierto, pero, ¿acaso no es exigible un completo y absoluto respeto a la autoridad?

Da igual, porque lo importante es que este chulo, musculado y egotista Cristiano Ronaldo es alabado por las masas, incluso por los más eximios periodistas, como Tomás Roncero o David Gistau. Y seguro que a muchos les encantará saber que la mayoría de estadounidenses tampoco tienen ni idea de quién narices es el futbolista portugués.

Poco podemos esperar de un mundo donde hasta la supuesta élite de un país ignora que lo ignora prácticamente todo. Como escribió Salvador Monsalud: “Estados Unidos es un gran país construido a partir de mediocres piezas adquiridas en mercadillos del resto del mundo”. Por tanto, no puede sorprender a nadie que Donald Trump sea presidente, o que los grupos de extrema derecha proliferen tanto como los diversos populismos en el resto del mundo presuntamente civilizado.

Por otro lado, se cumplen 40 años de la muerte de Elvis Presley –no Preysler, como una vez vi en un periódico español; ese es el apellido de casado de Mario Vargas Llosa– que, creo, era norteamericano. Sirva la efeméride para olvidar cuitas, agobios y depresiones gracias a su espléndida voz: Elvis, en mi opinión mejor cuando fuera del rock, probablemente fuese el mejor cantante del siglo XX. De ahí que para muchos, figuradamente, siga vivo, y para otros, generalmente yanquis, literalmente.

En cualquier caso, mañana preguntaré a Will si conoce la canción Suspicious Minds o si por fin han entendido alguno de los monólogos de Hamlet.

(1) Quizás por ese menosprecio al peso de la extrema derecha en Estados Unidos se hayan puesto a quitar estatuas y símbolos confederados, como si eso fuera a arreglar el problema en lugar de empeorarlo.