Majaderos, haters y bullies

Ya en los Diálogos de Platón menudean los mentecatos, profesionales o no, que no dudan en dar su opinión sobre cualquier tema sin pensar en si están o no soltando alguna membrillada. Así, ya en el ágora ateniense abundaban sujetos de opinión logorreica e insustancial, lo que sin duda enardeció el inquisitivo espíritu del gran Sócrates.

Lo que entonces no podían imaginar era que el ágora deviniese en un gigantesco universo al alcance de (casi) todos, un infinito lugar público en el que verter las más variopintas opiniones sin freno alguno y, sobre todo, sin ningún criterio para discriminar las discretas de las estúpidas.

Ahora, con internet, cualquiera puede tener su momento de fama. Por ejemplo, ahí tenemos a Andrea Levy, recién abierta al mundo de la revolución más gloriosa, lo que a su vez ha provocado que muchos otros se incorporen a esta nueva construcción de una teoría sobre lo revolucionario y sus alcances.

Porque lo que más caracteriza a la nueva ágora es la acumulación de tuits, mensajes, posts y demás medios de convertir una opinión en una suerte de dogma inamovible digno de la más oscurantista iglesia decimonónica.

El asunto es seriamente preocupante porque, en este maremágnum de dimes y diretes, destacan, más por ruido y furia que por enjundia, los comentarios más iracundos, aquellos lanzados con saña y odio a un simple sujeto o a instituciones o conceptos no aceptados como legítimos por estos apóstoles del rencor en estado puro.

Los haters, no sé si tropa o manada, se alimentan de esa negación del prójimo de la que hablé la semana pasada. Esos intentos de “barrer”, de insultar, de negar la opinión del otro de manera hostil y destemplada son manifestaciones de voluntades radicales y despóticas. En cierto modo, el hater es un remedo de extremista con mucho tiempo libre.

Más grave aún resultan las campañas que unen a mentecatos, haters y despistados en el ataque directo, grupal y sistemático contra algún pobre desdichado al que se le ocurrió decir algo inapropiado –la nueva concepción de lo inapropiado merece un capítulo aparte– en el ágora en el momento menos apropiado o bajo la atenta mirada de un grupo de presión o de algún influencer.

Estas campañas de acoso y derribo convierten el ágora virtual en un patio de colegio, pues la masa que insulta y acosa se asemeja a una pandilla barata de bullies en plena ebullición. No existe mucha diferencia entre una montaraz tribu de adolescentes y estos abanderados del odio más brutal y primitivo.

Si en la actualidad Platón tuviese que escribir sus diálogos, tendría serias dificultades para incluir a tanto mendrugo sofista y rencoroso. No hay espacio para tanto. Aparte, si lo pensamos bien, Sócrates, completamente desesperanzado, haría tiempo que habría huido de la polis. Porque, ¿a alguien le interesaría entablar una conversación seria y cabal con una persona discreta y moderada?