Landau y Romero

Mi primer recuerdo de Martin Landau es de finales de los 70, cuando protagonizó la serie televisiva Espacio: 1999. Aparte del reconocible rostro del actor, me fascinaba aquella pistola sin cañón que lanzaba rayos eléctricos. De igual manera, para la generación anterior a la mía el intérprete fue harto conocido por su participación en la sesentera Misión Imposible.

Pero Landau fue bastante más que un actor televisivo. Después de una breve carrera como ilustrador de tiras cómicas, fue, junto a Steve McQueen, uno de los dos candidatos que entraron en 1955 en el Actors Studio de Lee Strasberg. También realizó memorables interpretaciones en Broadway.

Al principio de su carrera participó en el cine de manera ocasional, y no siempre de manera memorable. En cualquier caso, todos le recordamos como el malo de Con la muerte en los talones, perfecto antagonista para el atribulado y también magnífico Cary Grant.

No obstante, la gran fama globalizada, el reconocimiento internacional de crítica y público, le llegó a finales de los 80 y principios de los 90, cuando los Oscars llamaron a su puerta por sus espléndidos papeles en Tucker: un hombre y su sueño y, sobre todo, en Ed Wood, en la que encarnó al mítico Bela Lugosi.

Pero yo me quedo con su papel en Delitos y faltas, de Woody Allen. Aquí encarna a un hombre normal, atrapado en un adulterio que puede terminar con su reputación, primero, y su matrimonio, después. El filme, glorioso, se beneficia de la mesurada y ejemplar interpretación de Martin Landau, dominador de numerosos recursos desde la contención y el impecable control del rostro para, a pesar de sus duros rasgos, parecer una persona normal, quizás la más compleja labor cuando hablamos de actores.

Por su parte, George A. Romero puede parecer un nombre menor en la historia del Cine. Pero, en cierto modo, es el creador de todo un género: con La noche de los muertos vivientes (1968) y Zombi: El regreso de los muertos vivientes (1978) abrió la puerta a un universo que, desde el terror que sigue naciendo de sus películas, ha pasado a convertirse en una especie de gran alegoría sobre el fin de la humanidad en forma de apocalipsis zombie.

En ese sentido, Romero es tan importante como George Lucas, Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. A partir de dos películas de escasísimo presupuesto, dos auténticos clásicos en su género, hizo caja en medio mundo y estableció los parámetros para un universo que, hoy más que nunca, genera un imparable chorro de argumentos y distopías tan improbables como apasionantes.

Martin Landau y George A. Romero acaban de fallecer. Dos nombres menores en el fastuoso e inabarcable mundo cinematográfico. Pero sirvan sus decesos para recordarnos que no todo en el mundillo son grandes estrellas y abismales presupuestos. A veces, desde la constancia, el talento y el ingenio, se pueden crear vehículos tan memorables como el Judah Rosenthal de Delitos y faltas o la desasosegante La noche de los muertos vivientes.