Piratas del Caribe: La venganza de Salazar

Los piratas, a partir del Romanticismo, dejaron de ser expertos en el saqueo, el asesinato y la violación para convertirse en símbolos de la libertad y de la rebelión contra la tiranía y las convenciones sociales. Al igual que Robin Hood o Dick Turpin, tornaron en protagonistas de aventuras en las que burlaban a los representantes de la ley y el orden.

En el cine los piratas calaron hondo y bien. Por ejemplo, El pirata negro mostró, sin sonido, a Douglas Fairbanks como insólito e intrépido bucanero. Más recomendables aún son las clásicas El temible burlón o El cisne negro, en las que el protagonista se movía entre el simpático bribón y el encantador embaucador de mujeres y espectadores. En aquellos tiempos el género de piratas gozaba de prestigio, atractivo, enjundia.

Pero entonces llegó la saga Piratas del Caribe, “adaptación” de una atracción de Disneyworld. Así, es lógico que el vehículo nunca haya gozado de gran profundidad, que se haya entregado a un enorme despliegue de efectos especiales de todo tipo y a una ruidosa banda sonora que, mal que bien, disfraza un tanto la inconsistencia y flojera de los guiones.

Nunca he sido un entusiasta de la saga. Me aburrió la primera, no terminé de ver la segunda, pasé de la tercera y me dormí en la cuarta. Si he visto la quinta, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, ha sido por respeto a esta columna que, supongo, debe tratar más de lo que interesa a la mayoría que los filmes más “pequeños” pero más interesantes.

Como cabía suponer, la gran virtud de Piratas del Caribe: La venganza de Salazar son sus espléndidos efectos especiales, que quizás justifiquen los más de 200 millones de dólares invertidos en el largometraje. También la banda sonora se escucha a todo trapo para así dar intensidad a una historia tan hueca como soporífera. Bien pensado, con tanto ruido es imposible echar una mísera cabezada.

El resto, lo de siempre pero que, espero que cada vez menos, atrae y entusiasma al público. Destaca sobremanera la presencia de ese insoportable Jack Sparrow –encarnado en el Johnny Depp más exagerado, histriónico y desmedido que uno recuerda– una suerte de gran mentecato que, más que rebelde, se muestra como un miserable amoral que solo lucha por sus propios e insustanciales intereses. Del pirata de Espronceda hemos llegado a esto; pero un protagonista tan necio y moralmente reprobable encaja a la perfección con nuestro éticamente mísero siglo XXI.

Junto a él, a pesar de la presencia de algunos artistas de peso –léase Geoffrey Rush y Javier Bardem– una serie de personajes planos, mal interpretados, que pasan por ahí a ver si sacan una sonrisa o llenan metraje. Destacan, para mal, los nuevos jovenzuelos que, sin atractivo, tampoco muestran grandes dotes interpretativas. Y uno se pregunta si estos chicos tan monos son los que definitivamente van a cargarse el maravilloso invento del cine.

Pero, insisto, lo que más me maravilla es que Piratas de Caribe, con su estética feísta y sucista, siga siendo del gusto del gran público. Pura acumulación de efectos sin seso ni tensión dramática, mero amontonamiento de personajes sin cerebro ni objetivos, deprimente maremágnum de gags y diálogos ridículos sin ninguna gracia… y ahí sigue, vendiendo palomitas y entradas, con la tácita promesa de que, cuando menos, habrá una sexta entrega.

De aquellos viejos, simpáticos y rebeldes piratas hemos dado el gran paso hacia Sparrow, gamberro amoral que no respeta las más mínimas reglas éticas. No se enfrenta a la autoridad, sino al concepto más endeble de humanidad que concibamos. No es que Piratas del Caribe: La venganza de Salazar sea mala; es que es rematada y descerebradamente malvada.

Por eso recomiendo encarecidamente ver El temible burlón y El cisne negro.

P.S.: Más allá del brevísimo retorno de Keira Knightley y Orlando Bloom, a algunos divertirá el cameo de Paul McCartney como tío de Sparrow.