Roger Moore no fue un mal 007

Acaba de morir Roger Moore, el actor londinense al que, tras el desastre de George Lazenby en Al servicio secreto de su Majestad, le tocó el papelón de sustituir al gran Sean Connery como encarnación del agente 007, James Bond. Connery, lo sabemos todos, siempre ha sido insustituible. Pero Roger Moore, tras unas primeras películas lamentables, consiguió meterse en el personaje.

A pesar de ello, estos días le han llovido críticas de todo tipo –un ínclito experto le comparó con Gracita Morales– sobre todo por sus escasas dotes interpretativas y por haber protagonizado algunos de los peores filmes de Bond.

En cuanto a Moore como actor, nunca fue un dechado de virtudes. Gracias a él conocí la existencia de los premios Razzie, a los que tan solo estuvo nominado. Pero, aparte de ser un tipo alto, atractivo y corpulento, Moore tenía una espléndida voz, aún mejor en el doblaje español, pues se encargaba de ello –casi siempre- el maestro Constantino Romero.

En cuanto a sus películas como 007, me han sorprendido las alabanzas que han recibido Vive y deja morir y El hombre de la pistola de oro que, aparte de ser bastante malas, se han quedado viejas, como suele ocurrir con muchas de las ocurrencias cinematográficas de los 70. Por si fuera poco, en estos dos filmes aparece el insoportable sheriff Pepper como elemento presuntamente cómico.

En cambio, se ha afirmado que a partir de ahí las películas protagonizadas por Moore entraron en franca decadencia. Mentira podrida. Porque a continuación vinieron La espía que me amó, Moonraker y Octopussy, tres de las mejores entregas cinematográficas de 007. Y no solo porque en las dos primeras apareciese Tiburón, el mejor asesino de la saga tras el mayordomo japonés de Goldfinger, o porque las chicas Bond fuesen Barbara Bach o Maud Adams, o porque los guiones fuesen mejores que los que vinieron a finales de los 80.

Si esas películas se encuentran entre las mejores de la saga es gracias a que Roger Moore, por fin, supo hacerse con el papel para crear a un 007 elegante, vacilón, un tanto irónico, y con tanta o más elegancia que el de Connery. A pesar de sus limitaciones, sacó provecho de su presencia para crear un digno James Bond –en mi personal ranking, es el tercero, tras los de Connery y Daniel Craig; y Moore, por ejemplo, siempre fue el segundo favorito de mi abuelo materno (ya sabemos que la sombra del primer Bond es alargada)–.

Por alguna extraña razón, muchos expertos y críticos se han cebado con Roger Moore una vez muerto. No fue un gran actor, pero tenía carisma, estrella. Y no puede ser tan malo alguien que protagonizó las tres películas susosdichas.

Que le dejen en paz para que así pueda descansar.