Déjame salir

En Fifteen Millions Merits, el segundo episodio de la primera temporada de Black Mirror, Daniel Kaluuya encarna a un pobre chaval obligado a pedalear para ganarse la vida en un futuro distópico en el que solo el salto a la fama te puede librar de la pseudoeclavitud imperante. Kaluuya, el gesto siempre contenido, vive su propia pesadilla hasta que un giro inesperado le convierte en un peculiar y difícilmente encomiable héroe.

Déjame salir es una peli recién estrenada que se ha comparado con lo más típico del género del terror juvenil o similar. Ciertamente, su protagonista, en cierta manera primo hermano del John Prentice de Sydney Poitier en Adivina quién viene esta noche, se ve atrapado en una casa donde hay un sinfín de misterios que resolver. Y, aparte de los sustos, el miedo se apodera de la pantalla gracias a la hábil fotografía y la espléndida banda sonora.

Pero si recuerdo Black Mirror, al margen de la presencia de Kaluuya, es porque Déjame salir me recuerda más a la serie creada por Charlie Brooker que a cualquier película de miedo. Más que terror, el filme va creando una atmósfera de desasosiego que te va atrapando para convertir en incómoda la butaca. Según avanza la extraña trama –mejor no concretar para no eliminar el efecto sorpresa– uno asiste a un mundo de pesadilla, completamente verosímil, y se agita interiormente hasta que llega el final, tan improbable como reconfortante.

Déjame salir, con tintes de peli de miedo, parte de un guión diferente, fresco, escrito por el actor y ahora director Jordan Peele. Con multitud de pequeños detalles que dan solidez al conjunto, el planteamiento –sin grandes avances digitales– se parece a los capítulos de Black Mirror por su originalidad y, como digo, porque incomoda más que aterra. Y así se convierte en un filme recomendable que entretiene al tiempo que nos recuerda muchos de los temas pendientes de la negritud estadounidense.

Ciertamente, Peele incluye en la película multitud de pequeños guiños que, si “traducidos” desde Internet, tratan con peso y hondura el tema de lo afroamericano. Pero lo hace de manera tan hábil que el mensaje nunca torna en panfletario. Más bien al contrario, pues la trama principal, densa, envolvente, desasosegante, tiene el perfecto contrapunto en un elemento cómico tan heteróclito como refrescante,

Déjame salir costó alrededor de 5 millones de euros. Pero se ha convertido en un éxito de taquilla porque cuenta una buena historia que toca multitud de géneros y nos presenta a un personaje atrapado en una pesadilla tan inopinada como claustrofóbica. El buen hacer de Peele, cuyo dominio de la escena anuncian el nacimiento de un gran director, ha convertido el bajo presupuesto en una película de palomitas, mucho más interesante de lo que habitualmente se estrena en los grandes cines. ¡Viva el talento!

Poco más que decir sin estropear la sorpresa. Recomiendo ver Déjame salir sabiendo lo menos posible de su argumento. Quizás por eso los responsables de su distribución española hayan traducido tan mal su título, que en inglés es Get Out, pura advertencia. El acierto muchas veces viene disfrazado de la más supina de las torpezas.